Los dientes de Waterloo
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
Han transcurrido 206 años desde la batalla de Waterloo, un día en el que hubo 60 000 bajas. Se piensa que el número total de muertos de las guerras napoleónicas ascendió a más de seis millones. Una buena parte de ellos acabaron abonando los campos de cultivo británicos.
A veces escuchas una historia que parece tan inhumana que piensas que no es posible que sea verdad. ¿Los huesos de los soldados británicos desenterrados de los campos de batalla de Waterloo fueron realmente triturados y utilizados como fertilizantes en la campiña inglesa? ¿De verdad los agricultores usaron los esqueletos de sus propios compatriotas para cultivar?
En la siguiente imagen, un recorte del The Gentleman Magazine de diciembre de 1822, puede leerse que, según el Nautical Register del año anterior, solo en el puerto inglés de Hull los barcos habían dejado cargamentos de más de un millón de bushels [un bushel era una medida imperial de volumen, que equivale a unos 30 kilos] de huesos humanos procedentes de alrededores de Leipzig, Austerlitz, Waterloo y de todos los lugares en los cuales se libraron las grandes batallas durante la última guerra sangrienta, de los que habían esquilmado los huesos de hombres y caballos. Desde Hull, los huesos eran enviados a las trituradoras de huesos de Yorkshire con objeto de reducirlos a gránulos para venderlos como abono a los granjeros. «La sustancia oleosa que mana de los huesos según se calcinan, sobre todo de los huesos humanos, es un abono más estable y fertilizante que cualquier otra sustancia», concluía el autor de la nota.

Recorte de la página 461 de The Gentleman Magazine de diciembre de 1822.
Waterloo impulsó el desarrollo de una forma de negocio completamente nueva: el turismo. Hay relatos de turistas británicos que viajaron a la batalla para presenciarla in situ y en tiempo real el espectáculo. En los años siguientes, viajes organizados de empresas recién creadas como la recientemente quebrada Thomas Cook, llevaron a turistas adinerados a disfrutar de las glorias del continente y a visitar el lugar de la victoria británica.
Stuart Semmel, historiador de la Universidad de Yale, escribió un artículo fascinante sobre el comportamiento de los turistas que visitaban el lugar de la batalla de Waterloo. Semmel cita relatos contemporáneos de las visitas de ricos y famosos, de poetas y pintores de la época que lo utilizaron como telón de fondo de su trabajo, y de turistas poco escrupulosos ávidos de llevarse recuerdos, incluidos huesos humanos. En la sociedad “bien” de la época era bastante normal exhibir partes del cuerpo, incluyendo la cabeza, de soldados muertos en el campo de batalla.
El artículo también hablaba de los "dientes de Waterloo" (que se extraían de los muertos para usarlos en dentaduras postizas), algo que parecía increíble sino fuera porque muchos museos europeos conservan algunas dentaduras. Los libros de historia de la odontología incluyen catálogos de fabricantes de dentaduras postizas hechas con dientes humanos.
Es imposible saber cuántos dientes realmente procedían del campo de batalla de Waterloo, aunque el exceso de oferta de dientes humanos a mediados del siglo XIX sugiere que la inflación del mercado bien pudo deberse a los arrancados a los muertos en los conflictos bélicos que asolaron Europa desde el siglo XVI. Algunos apuntan a que esa sobreoferta pudo deberse también a la importación de los dientes de los muertos en la Guerra Civil estadounidense.
Bien, parece claro que los dientes fueron sacados de los campos de batalla y usados en dentaduras postizas. Pero ¿y los huesos? En un tiempo en que la población aumentaba y los fertilizantes naturales comenzaban a escasear, se organizó un comercio a escala industrial destinado a producir huesos para fertilizar los cultivos de las agotadas tierras británicas.

Dientes de Waterloo en el Museo Militar de Dresde. Foto de Adam Jones en Wikimedia commons.
La falta de nitrógeno asimilable por las plantas parecía una barrera insalvable a comienzos del siglo XX. Hasta que el químico alemán Fritz Haber inventó los fertilizantes artificiales hace poco más de un siglo, la producción dependía del uso de fertilizantes de origen natural (salitre, guano y estiércol, fundamentalmente), unos recursos próximos al agotamiento por la creciente demanda de alimentos impulsada por el incremento demográfico
La escasez de fertilizantes que desde principios del siglo XIX amenazaba con desencadenar una hambruna global como no se había visto nunca y cientos de millones de personas que hasta entonces dependían de fertilizantes naturales para abonar sus cultivos podrían haber muerto por falta de alimentos.
La demanda insaciable de fósforo y nitrógeno había llevado a empresas inglesas a viajar hasta Egipto para saquear los campos funerarios de los antiguos faraones en busca de los huesos de los miles de esclavos inhumados con sus dueños para que continuaran sirviéndolos más allá de la muerte. Agotadas esas fuentes, las guerras continentales abrieron una nueva oportunidad de negocio.
Con la precisión de un cirujano, en el Popular Science de marzo de 1874, Sir Henry Thompson, profesor de cirugía clínica en el University College de Londres, hizo un cálculo demoledor: «El valor de los huesos humanos importados al Reino Unido, de los cuales la mayor parte se emplea para abono, fue en 1866 de 409.590 libras esterlinas; en 1869 de 600.029; en 1872 de753.185 libras esterlinas. Al cambio actual descontada la inflación, esas importaciones británicas supusieron 532, 780 y 980 millones de libras, respectivamente.
«La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera», escribió Smedley D. Butler, Mayor General del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos, el militar más condecorado en la historia de los Estados Unidos, uno de los dos únicos marines en recibir por heroísmo en combate dos medallas de Honor del Congreso, la más alta condecoración de su país. Butler fue, hasta su muerte en 1940, el oficial más respetado del ejército estadounidense.
En 1935, el general Butler escribió War is a racquet (La guerra es una estafa) denunciando las guerras contemporáneas como aventuras imperialistas. En el opúsculo, del que dejo aquí una traducción que he realizado a partir del texto original, Butler denunció el latrocinio que el Gobierno ejercía sobre sus propios soldados, el negocio de los fabricantes de municiones y equipos que vendían a ambos bandos durante la Primera Guerra Mundial y de la incitación bélica provocada por los medios de comunicación al servicio de los poderosos.
Butler se olvidó de mencionar el último y macabro negocio de la guerra: aprovechar hasta el último y macabro resto de los desdichados soldados caídos en combate.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.