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Quien miente una vez, miente mil


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Nada mejor para constatar el rechazo a las mentiras y falsedades que pasar unos años en algún país con profundas raíces luteranas, calvinistas e incluso de Zwingly, aún más estricto que los anteriores. Éste es mi caso por haber vivido, estudiado y trabajado en la ciudad de Berna, capital de Suiza, durante siete años. Allí pude observar el rigor y el duro castigo contra quien lance alguna mentira o falsedad. La sociedad considera que quien miente una vez puede hacerlo mil veces más, de forma que no se le puede confiar ninguna misión importante, menos aún, en instituciones públicas.

Si alguien lo quiere comprobar, solo tiene que acudir a la hemeroteca y ver como ministros, alcaldes o cargos universitarios, dimitieron o fueron destituidos por haber mentido o haber copiado algún trabajo ajeno. Verá algunos ejemplos, pero pocos, porque el rigor propio, unido al ajeno, conlleva a extremar las acciones y actuaciones hasta límites impensables en otros países, y muy especialmente en el nuestro. Me permito esta introducción para tratar lo que pasa en nuestra sociedad y muy especialmente en nuestras instituciones. Por desgracia, tenemos prácticamente cada día, malos ejemplos de uso y abuso de mentiras, falsedades, bulos, acusaciones, añadidas a increpaciones e insultos, proferidos ya no únicamente en la calle o en medios de comunicación, han llegado ya a las altas instituciones del Congreso y el Senado.

Y en esta carrera por ver quién es el más duro, el PP quiere emular e incluso superar a VOX. Lo que se llega a decir supera todo lo imaginable porque en muchos casos la pura y dura realidad está a la vista, y no se quiere ver ni escuchar. Se miente, se difama, se acusa sin ninguna base mínima de seriedad y credibilidad. No solo eso, se llevan acusaciones, sin ninguna base, ante instancias judiciales, algunas de las cuales les dan curso, sin más pruebas que algún artículo de pseudoperiodistas que se las han inventado. Lo peor de todo es que esta vía de acción política, lo contamina todo y recorre todos los niveles de las instituciones. Antes, se pretendía preservar las más altas instancias para tener vías de diálogo y acuerdo. Esto ha saltado por los aires y ha dado paso a todo tipo de acciones y actuaciones, llevadas a cabo por unos portavoces que consideran esencial, para mantener el cargo, usar todo lo que tengan a mano, sin importar si es verdad o mentira.

Lógico que esta forma de actuar sea copiada hacia abajo, de manera que lo mismo se reproduce en las CCAA, y finalmente en los ayuntamientos. No queda ningún espacio para el debate sincero y tranquilo para llegar a acuerdos. La conclusión a la que ha llegado el PP, haciendo seguidismo de VOX, es que todo vale y da igual, lo que se diga, porque sus votantes no les van a castigar, por muchos pecados que cometan.

Es con este principio que la irresponsabilidad se ha adueñado del PP. Ya no hablo de VOX porque este partido lo ha sido siempre. El problema es que el PP haya sucumbido a la tentación de saltar la barrera de la verdad y la seriedad, para caer en la más absoluta irresponsabilidad. No solo en el uso de las mentiras y falsedades, también en el de la corrupción generalizada. Y por si fuera poco, incluso en la crisis de Ceuta, se ha permitido lanzar acusaciones y promover movilizaciones, sin tener en cuenta las consecuencias que puedan tener para España, a nivel interno y externo. Es la muestra de la más absoluta de las irresponsabilidades.

 

Presidente del Consejo de la Federación XI del PSC-PSOE. Ex alcalde de Borredà ( Barcelona) y ex diputado del Parlament de Cataluña.

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