Entre el dato y la decisión
- Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
- Publicado en Opinión
Nunca, los organismos de seguridad, habían tenido tanta capacidad para registrar lo que ocurre. Personas, vehículos, comunicaciones, transacciones, ubicaciones, imágenes, antecedentes, movimientos y relaciones pueden dejar algún tipo de rastro susceptible de convertirse en información. La tecnología multiplicó esa capacidad y las instituciones de investigación han aprendido a convivir con volúmenes de datos que hace algunas décadas habrían resultado difíciles de imaginar. Sin embargo, algo no termina de encajar. Tener más datos no necesariamente ha significado comprender mejor los fenómenos que amenazan la seguridad.
Quizá una parte del problema se encuentre en una idea que durante mucho tiempo pareció indiscutible y se asumió que disponer de información representaba, casi por sí mismo, tener una ventaja. Bajo esa lógica se construyeron registros, digitalizaron expedientes, adquirieron plataformas, instalaron cámaras, incorporaron sensores y conectaron sistemas. Todo ello era necesario. El inconveniente apareció cuando la acumulación comenzó a confundirse con conocimiento. Vaya ironía, el exceso de información te vuelve ajeno al conocimiento verdadero.
Para la seguridad estratégica, esta diferencia importa, y mucho. Un dato describe algo, por ejemplo, puede ser una matrícula, una llamada, una coordenada, una fotografía, una transacción financiera o el registro de una persona. Aislado, posiblemente diga muy poco. Cuando varios elementos pueden relacionarse en tiempo, espacio y contexto, comienza a aparecer algo diferente. Una secuencia, una coincidencia, una anomalía o un patrón. Es ahí donde el análisis adquiere sentido, porque su función no consiste en reproducir la información recibida, sino en determinar qué significa y hasta dónde permite sostener una explicación.
Pero en la práctica, esto es mucho más complicado de lo que parece. Los datos rara vez llegan ordenados. Provienen de instituciones distintas, fueron generados para propósitos diferentes y no necesariamente utilizan los mismos criterios. Algunos registros contienen errores, otros están incompletos y muchos fueron creados como instrumentos administrativos, no como fuentes para una investigación. Incluso información técnicamente correcta puede haber perdido oportunidad cuando llega al procesamiento.
La dificultad aumenta conforme crece el volumen. Una institución puede disponer de veinte sistemas diferentes y encontrarse en peores condiciones analíticas que otra con acceso a cinco. Puede tener cámaras, geolocalización, registros vehiculares, información financiera, antecedentes y comunicaciones, pero si sus analistas están saturados, los sistemas no dialogan correctamente o nadie consigue distinguir una relación significativa entre miles de coincidencias, esa “ventaja” tecnológica comienza a reducirse.
La saturación informativa también puede convertirse en una forma de vulnerabilidad. Y no porque exista demasiada información en términos absolutos, sino porque la capacidad humana e institucional para procesarla no necesariamente crece a la misma velocidad. Cada nueva fuente agrega posibilidades, pero también adhiere más ruido. Cada sistema incorporado produce nuevas relaciones potenciales. Y cada resultado adicional demanda tiempo para determinar si realmente tiene importancia.
Una investigación puede fracasar porque falta información, pero también puede estancarse porque existe demasiada información inconexa. Un nombre puede encontrarse en una base, un vehículo en otra, una comunicación en una tercera y una ubicación en una cuarta. Todos los elementos estaban disponibles y, sin embargo, la relación entre ellos permanecía invisible. Y aquí el problema no es que haya ausencia del dato, pero si la ausencia de conexión. Por eso interoperabilidad y análisis no deberían utilizarse como si fueran sinónimos. Conseguir que dos sistemas intercambien información resuelve un problema técnico importante, pero todavía queda pendiente el problema intelectual. Una plataforma puede devolver cientos de coincidencias en segundos y no explicar ninguna. La velocidad para consultar información no equivale a capacidad para interpretarla.
Las amenazas contemporáneas rara vez se presentan de manera ordenada. Se manifiestan mediante señales dispersas, cambios pequeños, relaciones aparentemente irrelevantes y comportamientos que adquieren significado sólo cuando se observan dentro de una secuencia mayor. Si una institución carece de continuidad informativa, si sus registros no son comparables o si modifica constantemente sus criterios de captura, pierde algo más importante que una estadística. Puede perder la posibilidad de reconocer una tendencia mientras todavía existe tiempo para actuar. La seguridad estratégica depende precisamente de esa capacidad. No se limita a conocer lo que ocurrió. Necesita interpretar lo que está ocurriendo y, cuando la evidencia lo permite, advertir hacia dónde podría evolucionar. Esto obliga a trabajar con incertidumbre. El investigador no recibe una realidad terminada que únicamente necesita ordenar. Recibe fragmentos y debe construir hipótesis sin convertirlas prematuramente en certezas.
La abundancia de datos puede producir una falsa sensación de precisión. Una pantalla llena de registros, mapas, vínculos y coincidencias transmite una apariencia poderosa de conocimiento. Sin embargo, una visualización sofisticada no corrige un dato incorrecto (aunque si lo disfraza). Tampoco elimina un sesgo de origen, completa automáticamente un registro incompleto ni convierte una correlación en causalidad. La tecnología puede acelerar extraordinariamente una búsqueda y, al mismo tiempo, acelerar una interpretación equivocada. Por eso el investigador continúa ocupando una posición difícil de sustituir. Su trabajo no consiste simplemente en encontrar coincidencias. Debe cuestionarlas. Necesita saber de dónde procede la información, cuándo fue obtenida, qué tan confiable resulta, qué falta, qué otra explicación puede existir y qué evidencia sería necesaria para descartarla. En ocasiones, el mejor producto no será aquel que contiene más datos, sino el que consigue eliminar aquellos que distraen de la pregunta principal.
Una institución que aumenta permanentemente sus capacidades de recolección necesita incrementar de manera proporcional sus capacidades de análisis. De lo contrario, aparece una deuda silenciosa. Los sistemas continúan capturando información mientras las personas encargadas de interpretarla acumulan pendientes, consultas, alertas y requerimientos. La tecnología avanza y la capacidad analítica queda rezagada. Medir las capacidades de seguridad exclusivamente mediante infraestructura puede entonces producir diagnósticos engañosos. Contar cámaras, plataformas, bases de datos, sensores o registros disponibles permite conocer qué posee una organización, pero no necesariamente qué es capaz de comprender.
Tal vez necesitemos otra manera de medir esa capacidad. Importaría conocer cuánto tarda una institución en convertir un indicio en una línea de investigación, cuántos datos consigue corroborar mediante fuentes independientes, qué porcentaje de sus registros mantiene actualizado, cuánto conocimiento permanece aislado entre áreas y cuántas señales relevantes se pierden simplemente porque nadie tuvo tiempo de observarlas. La pregunta estratégica, por tanto, ya no debería ser solamente cuánta información podemos obtener. Entonces, deberíamos comenzar a preguntar cuánta somos capaces de comprender. Porque entre el dato y la decisión existe un espacio que ninguna acumulación tecnológica resuelve automáticamente. Ahí se selecciona, se contrasta, se duda, se relaciona y se interpreta. Ahí también pueden aparecer los errores que desvían una investigación o las señales que permiten anticipar un riesgo. Podemos construir sistemas capaces de observar prácticamente todo y aun así comprender demasiado poco.
Y si lo pensamos bien, quizá ese sea uno de los desafíos menos visibles de la seguridad contemporánea. La escasez de información sigue siendo un problema, pero la abundancia mal procesada puede convertirse en otro igual de serio o mucho peor.
¡Mantente Vigía!