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El chiismo o cómo convertir la derrota en relato


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Tras sufrir más de un mes de bombardeos que destruyeron gran parte de sus capacidades y mataron a varios de sus líderes de alto nivel, el régimen iraní, lejos de colapsar, ha demostrado una resiliencia inesperada. Esto se basa en una ideología poderosa: el chiismo adora a sus mártires, mientras que el jomeinismo añade un discurso antiimperialista que se transmite a una parte significativa de la población mundial, incluso en países occidentales.

Irán lleva semanas bajo las bombas y, sin embargo, no se derrumba. Al contrario: resiste. No es la primera vez que un análisis militar falla por exceso de literalidad. Tampoco será la última. Pero en este caso el error resulta especialmente revelador: se ha confundido la destrucción de capacidades con la quiebra de un sistema.

Ni Donald Trump ni Benjamin Netanyahu parecían contemplar un escenario de larga duración. La hipótesis era más simple y cómoda: descabezar el régimen, precipitar su implosión, asistir al efecto dominó. El viejo guion. Solo que esta vez el decorado no ha obedecido. Irán no solo ha seguido combatiendo; ha demostrado algo más inquietante para sus adversarios: capacidad de absorción del daño. La Guardia Revolucionaria Iraní, lejos de paralizarse tras los golpes a su cúpula, ha continuado operando con una lógica reticular y dispersa, casi anfibia. No depende de un centro único. Y eso, en la guerra contemporánea, es una ventaja estructural.

Pero reducir la resiliencia iraní a su arquitectura militar sería quedarse en la superficie. Hay algo más profundo y menos visible que explica por qué el régimen no solo aguanta, sino que convierte el desgaste en argumento. Ese algo es el chiismo.

El chiismo nació de una derrota. Esta corriente del islam, que hoy reúne a aproximadamente el 20% de los musulmanes del mundo, apareció con el martirio de los seguidores de Alí y sus descendientes ("el pueblo de la Casa de Mahoma", el ahl-al-bayt en árabe), los llamados imanes. El acontecimiento que, excepto los zaidíes, todas las ramas de los chiíes consideran fundacional es el asesinato a manos de los primeros califas omeyas de Hussein, hijo de Alí y sucesor legítimo de Mahoma.

Sin embargo, en la tradición chií, además de haber muerto como mártir por orden de los usurpadores omeyas, Hussein pereció al final de una verdadera lucha asimétrica. La batalla de Karbala librada en 680, en la que murió, fue efectivamente una batalla entre los fuertes y los débiles, durante la cual Hussein, acompañado por unas pocas docenas de seguidores, fue masacrado por un ejército de varios miles de combatientes bajo las órdenes del califa omeya Yazid.

Un pequeño grupo contra un ejército. Una causa justa frente a un poder ilegítimo. Una muerte inevitable que, sin embargo, se transforma en victoria moral. La desproporción no debilita el relato; lo fortalece. Ahí reside la clave. Cuanto más desigual es la contienda, más poderoso resulta el símbolo. Cuanto más inevitable la derrota, más fértil el recuerdo. El chiismo no solo acepta esa lógica: la convierte en doctrina. Y al hacerlo, invierte la ecuación clásica de la guerra. perder puede ser ganar… siempre que se sepa contar.

Ese mecanismo —que algunos analistas llaman “síndrome de Karbala”— funciona como una especie de algoritmo ideológico. Ante la derrota material, se activa la victoria narrativa. Ante la inferioridad militar, se construye superioridad moral. No es una anomalía: es una estrategia.

El régimen iraní lo ha entendido bien. Y lo aplica con disciplina. Cuando el liderazgo cae, no desaparece: se transfigura. El líder muerto deja de ser un gestor del poder para convertirse en mártir. Y el mártir, en el universo chií, no es un final. Es un principio. De ahí que la propaganda oficial establezca paralelismos explícitos entre figuras contemporáneas y el episodio fundacional de Karbala. No es una analogía casual. Es una operación de continuidad histórica en la que la guerra deja de ser un conflicto puntual para insertarse en una narrativa larga: la de la resistencia frente a la opresión.

A esa base religiosa se le añade, desde 1979, una capa política: el jomeinismo. La revolución iraní no se limitó a institucionalizar el chiismo; lo reinterpretó como doctrina antiimperialista.

La ecuación es eficaz: martirio + opresión + hegemonía occidental = relato movilizador. Y, lo que es más relevante, exportable.

El régimen iraní no habla solo para su población. Habla para un público más amplio: desde el mundo musulmán hasta sectores occidentales sensibles al discurso antihegemónico. Su guerra no se libra únicamente en el terreno militar, sino en el espacio mucho más volátil de la opinión pública global. Ahí despliega una notable capacidad de adaptación. Vídeos virales, códigos culturales occidentales, referencias pop. Incluso narrativas conspirativas que buscan fracturar audiencias específicas. No es improvisación. Es estrategia.

En este contexto, el campo de batalla se desplaza. No desaparece lo militar, pero pierde centralidad. Lo decisivo pasa a ser quién define el significado del conflicto. Irán no necesita ganar en términos convencionales para no perder. Le basta con instalar la idea de resistencia.

Con aparecer como víctima antes que como agresor. Con transformar cada golpe recibido en una prueba más de su relato fundacional. Y, en esa lógica, los excesos de sus adversarios se convierten en combustible.

Cada acción percibida como desproporcionada refuerza el marco narrativo iraní. Cada gesto de fuerza sin legitimación política alimenta la tesis antiimperialista. Es una paradoja clásica: cuanto más contundente es la respuesta, mayor puede ser su rendimiento propagandístico… para el contrario.

Ahí aparece la figura del aliado involuntario: Donald Trump. Su estilo político —directo, desinhibido, a menudo ajeno a los matices diplomáticos— encaja sorprendentemente bien en el guion que el régimen iraní necesita. No porque exista complicidad, sino porque se produce una convergencia involuntaria. La lógica de la fuerza bruta, cuando sustituye al marco normativo, ofrece a Teherán la oportunidad de presentarse como contrapoder moral. Es el tipo de simetría irónica que la geopolítica produce con frecuencia.

Al final, la resiliencia iraní no se explica solo por su capacidad de combate. Se explica por su capacidad de significar. El chiismo proporciona el lenguaje. El jomeinismo, la traducción política. Y la guerra contemporánea cada vez más híbrida, más narrativa y difusa ofrece el escenario ideal.

Irán no está ganando la guerra en el sentido clásico. Pero tampoco la está perdiendo del todo. Porque ha entendido algo esencial: en determinados conflictos, sobrevivir no es suficiente. Hay que dotar de sentido a la supervivencia. Y en eso, al menos por ahora, lleva ventaja.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 


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