Apagón informativo: cuando falta la luz y sobra el silencio
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
España aún no ha digerido del todo el gran apagón de abril —el que dejó medio país sin luz, trenes parados y ocho muertos— y ya vuelven los murmullos de otro posible corte general. A seis meses del colapso, Red Eléctrica ha vuelto a sonar las alarmas: “variaciones bruscas de tensión”, “riesgo potencial si no se actúa”, “ajustes urgentes”... el tipo de lenguaje técnico que suena a esto no va bien, pero no queremos que cunda el pánico.
Mientras tanto, la gente se pregunta, con toda la razón: ¿otra vez? ¿No habíamos aprendido nada?
El 28 de abril de 2025 a las 12:33 del mediodía, España entera se apagó. No una calle, no una provincia: todo un país. En cuestión de minutos, la red colapsó, y 50 millones de personas quedaron a oscuras. Trenes detenidos, hospitales con generadores, ascensores bloqueados. Fue un cero eléctrico histórico, y también una radiografía de nuestra vulnerabilidad.
Se tardaron horas en restablecer el suministro. Ocho personas murieron por causas derivadas del corte. Las pérdidas económicas se estimaron en miles de millones. Y aún hoy, nadie ha explicado con claridad qué pasó.
El Gobierno habló de una “reacción en cadena” de fallos técnicos. Red Eléctrica insinuó “oscilaciones en la frecuencia”. Europa lo calificó de “evento único en el mundo”. Todo muy científico, sí, pero a efectos prácticos seguimos igual: sin saber quién falló ni por qué. Y cuando un país no tiene respuestas, lo que vuelve es el miedo.
Este 7 de octubre, REE envió un informe a la CNMC advirtiendo de fluctuaciones anómalas de voltaje en la red peninsular. Nada grave —por ahora—, pero lo bastante similar a los patrones previos al apagón de abril como para pedir “medidas preventivas inmediatas”.
Los medios se lanzaron de cabeza: titulares sobre “nuevo apagón inminente”, vídeos de linternas, y expertos opinando a la carrera.
Ante el revuelo, REE tuvo que aclarar que no ha hablado de riesgo de apagón ni inminente ni generalizado. En otras palabras: hay síntomas, pero no enfermedad declarada.
El Ministerio de Transición Ecológica ha querido enfriar la cosa: las tensiones “están dentro de los límites establecidos”. Pero lo cierto es que esas mismas palabras se escucharon antes del apagón de abril. Y luego, ya se sabe: blackout monumental y explicaciones difusas. Así que, con el historial reciente, la tranquilidad no es precisamente lo que inspira confianza.
Las causas potenciales no son ningún misterio. Un pico de demanda puede llevar la red al límite, sobre todo con menos nucleares y térmicas operativas. España sigue siendo una isla eléctrica, con apenas un 2 % de interconexión con Francia cuando Europa recomienda un 15 %. Si Francia se desconecta —como ya hizo en abril—, nos quedamos solos.
A eso se suma la intermitencia renovable: la energía verde es el futuro, pero la infraestructura no ha crecido al mismo ritmo. Las subidas y bajadas de producción solar o eólica pueden alterar el equilibrio si no hay sistemas de respaldo. Y, por supuesto, quedan los errores humanos y técnicos, los software que fallan, las protecciones que saltan tarde o demasiado pronto. En el gran apagón hubo un poco de todo: pérdida súbita de generación, desconexión con Francia, protecciones mal calibradas y una red incapaz de sostenerse. La tormenta perfecta.
Las bombillas de la transparencia
El apagón de abril no fue solo eléctrico: también se fundieron las bombillas de la transparencia. Han pasado seis meses y nadie ha asumido responsabilidades. Las eléctricas culpan al operador, el operador a la regulación, el Gobierno a los “fallos técnicos”. En resumen: a nadie.
Se ha creado una comisión de investigación (ese término que suena a “ya si eso te llamamos”), pero los informes se contradicen y el diagnóstico final no llegará, dicen, hasta 2026. Para cuando se publique, quizá ya estemos apagados otra vez. Admitir errores sería políticamente costoso, así que todos prefieren esperar a que se olvide el asunto.
El resultado es el previsible: incredulidad, enfado y miedo. La población no sabe si prepararse o no. En las redes abundan los consejos de supervivencia, las ventas de generadores se disparan y las ferreterías vuelven a quedarse sin linternas. La palabra “apagón” se ha instalado en el imaginario colectivo como un trauma nacional.
Cuando el Gobierno dice que “todo está bajo control”, suena a mantra vacío. Cuando REE habla de “variaciones de tensión”, parece que nos estén preparando para lo inevitable. Y cuando los medios exageran o se contradicen, la desconfianza se multiplica.
La gente no pide milagros, sino claridad: ¿hay riesgo real o no? ¿Estamos preparados? ¿Quién responderá si vuelve a ocurrir? Preguntas simples que, como siempre, nadie contesta.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.