RTVE, Eurovisión y la línea roja: soft power, servicio público y riesgo calculado
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
RTVE ha trazado una frontera inédita entre los grandes financiadores de Eurovisión: España no participará ni retransmitirá la edición de 2026 si Israel compite. La resolución —10 votos a favor, 4 en contra y una abstención en el Consejo de Administración— no es un gesto simbólico: es una orden de marcha que rompe inercias en el Big Five y alinea a España con otros países europeos que ya han fijado posición. El escenario está marcado en el calendario —Viena, 12, 14 y 16 de mayo de 2026—, pero la batalla real se libra antes: quién decide los límites morales de un espectáculo que siempre presumió de neutralidad.
La decisión va más allá de retirar la candidatura: RTVE también renunciaría a emitir el certamen en abierto si Israel figura en la lista definitiva. Eso tiene consecuencias tangibles en cuota de pantalla, ingresos y conversación cultural. A nadie se le escapa que Eurovisión, más que una gala, es una liturgia mediática que moviliza a audiencias enteras. Renunciar a ella implica pagar un precio. Precisamente por eso el movimiento es significativo: coloca la ética en el centro del tablero, no en la letra pequeña.
La UER (EBU) insiste en la “neutralidad” del concurso y abre consultas con sus miembros. Pero el precedente de 2022 —Rusia fuera tras la invasión de Ucrania— dejó claro que la neutralidad no es un principio absoluto, sino una práctica con umbral. Con Israel el listón se ha situado en otro punto. La pregunta ya no es si Eurovisión es apolítico, sino qué política aplica, cuándo la aplica y con qué coherencia. RTVE, al condicionar su presencia y su señal, obliga a verbalizar esa respuesta.
Para una radiotelevisión pública la tensión es conocida: servicio al ciudadano frente a defensa de principios. ¿Debe emitir aquello que el público desea, incluso cuando choca con valores que la propia institución dice encarnar? La maniobra convierte a España en palanca de soft power dentro del ecosistema eurovisivo: desbarata la comodidad del Big Five, altera incentivos y empuja a terceros a definirse. Que el anfitrión sea Austria le añade ironía histórica: una capital acostumbrada a ver cómo Europa discute cultura y política sobre sus escenarios.
El movimiento no deja un desierto detrás. RTVE preserva el Benidorm Fest como marca con identidad propia, calendario y premios, una plataforma que ha profesionalizado la preselección en España. Pero también habrá fricción: la Generalitat Valenciana ya ha anunciado que revisará el convenio de patrocinio si España no acude a Eurovisión. El boicot — arma política — siempre genera ondas: afectan a la política cultural autonómica, a la economía del evento y al relato de ciudad.
El clima español explica parte del cálculo. Hace 48 horas la última etapa de La Vuelta en Madrid se canceló por protestas propalestinas y la normalidad organizativa saltó por los aires. En tiempos así, fingir que nada pasa también tiene coste reputacional. RTVE, que conoce el humor de su audiencia y el escrutinio parlamentario al que está sujeta, ha preferido actuar antes que esperar a que el contexto la arrastre.
¿Qué cabe esperar? Si Israel compite y España se queda fuera, RTVE asumirá una pérdida de audiencia y ruido en redes, y parte del fandom se sentirá traicionado. A cambio obtendrá coherencia institucional y un liderazgo que puede reordenar alianzas dentro de la UER y elevar el listón ético exigible a eventos masivos. Si la UER reconfigura el encaje de Israel, se erosionará la retórica de la neutralidad —que de hecho ya cruje—, pero se preservará el atractivo comercial y se evitará un efecto dominó de boicots. Si emerge un bloque europeo de presión, el mapa eurovisivo se fragmentará y aparecerá el riesgo de “dos ligas” (los que van y los que plantan cara); sin embargo, con uno o varios del Big Five alineados, la capacidad de negociación se multiplica. Hoy, España es la que ha decidido moverse primero.
Conviene no engañarse: ningún operador que renuncia a audiencia sale indemne. Pero el servicio público también se revaloriza cuando convierte la ética en criterio operativo y no en posdata. RTVE ha optado por fijar una línea roja clara y asumir sus consecuencias. Si Eurovisión es —como se repite— “apolítico”, deberá demostrar cómo gestiona lo político cuando atraviesa su escenario. España ya ha mostrado su respuesta. Ahora la palabra es de la UER.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.