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Ni mitos ni agravios: qué es Europa hoy y qué gana España


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Europa no es solo un mapa ni una palabra que usamos para abreviar “lo que viene de Bruselas”. Es, a la vez, un continente con historias cruzadas, una tradición cultural vasta y un proyecto político-jurídico —la Unión Europea— que ha tejido reglas comunes, un mercado interior y una idea de ciudadanía compartida. Cuando preguntamos si conviene a España ir “codo a codo” con las políticas europeas, en realidad preguntamos por algo muy práctico: ¿ganamos o perdemos bienestar, voz y seguridad dentro de ese marco? Y también por algo más íntimo: si la Europa de hoy se parece a la que muchos añoran o, por el contrario, ha extraviado el pulso.

Quienes ven una Europa belicista y decadente suelen poner el foco en el giro de defensa tras la invasión de Ucrania, en el cansancio de algunos sistemas de bienestar, en la complejidad burocrática y en la sensación de que el viejo continente ha dejado de marcar el compás cultural del mundo. Hay parte de verdad en esa inquietud. Europa, que nació de la reconciliación, lleva años enfrentando pruebas duras: crisis financieras, brexit, una guerra en su vecindad inmediata, energía cara, desafíos migratorios y la competencia de potencias que juegan con reglas distintas. No es extraño que aflore la fatiga. La pregunta es si ese giro defensivo es “belicismo” o un intento tardío de dotarse de autonomía estratégica para no depender en exceso de terceros; y si el cansancio social refleja abandono o, más bien, la dificultad de adaptar Estados del bienestar pensados para sociedades más jóvenes y homogéneas a una realidad envejecida y diversa.

Desde la perspectiva española, el balance material de pertenecer a la UE sigue siendo abrumadoramente favorable. La mayor parte de nuestras exportaciones se vende en el mercado europeo; la inversión y los fondos comunes han apuntalado nuestras infraestructuras, la digitalización y la transición energética; y el simple hecho de estar dentro nos da palanca para influir en normas que nos afectan igual estemos o no de acuerdo con todas ellas. No es lo mismo “acatar” una decisión que “codiseñarla”. Salirse del carril europeo —o colocarse sistemáticamente de perfil— no elimina las reglas: solo nos reduciría a tomadores pasivos de decisiones ajenas, con menos crédito, menos peso político y más vulnerabilidad en una economía de bloques.

¿Significa eso que Europa está bien tal y como está? En absoluto. La UE padece varios puntos débiles: productividad estancada en algunos países, fragmentación del mercado de capitales, una transición energética que a veces ha priorizado metas sin acompasar costes y calendarios, y una hiperproducción normativa que puede asfixiar a la pyme si no se mide mejor el impacto. Además, la relación con China exige una cirugía fina para blindar cadenas de valor críticas sin caer en un proteccionismo que nos empobrezca, y la reducción de la dependencia energética de Rusia ha sido un éxito costoso que aún hay que consolidar con más interconexiones, almacenamiento y renovables firmes. El camino, por tanto, no es un europeísmo acrítico: es una estrategia española clara dentro del proyecto europeo, con alianzas, calendario y métricas.

Tampoco es cierto que Europa haya “dejado de amar” a la familia o a la infancia. Sí existe un invierno demográfico que no se resuelve con consignas, sino con vivienda asequible, conciliación real y salarios que permitan tener hijos sin heroísmo. Y sí existe el riesgo de que la conversación pública caiga en trincheras culturales estériles. Pero a la vez hay políticas —educación infantil, permisos de cuidados, becas, movilidad estudiantil, investigación— que sostienen ese tejido y que España aprovecha a gran escala. Decir que “no se facilitan los estudios superiores” ignora décadas de expansión universitaria y un ecosistema de becas y movilidad que ha internacionalizado el talento español. ¿Insuficiente? En muchos casos, sí; pero negar su existencia impide mejorarlo. Otro discurso es repensar lo que hacen las comunidades autónomas con todo esto.

En el terreno cultural, la presencia deslumbrante de intérpretes asiáticos en la música clásica no describe una invasión, sino la universalización de un patrimonio que Europa exportó y que el resto del mundo hizo suyo con excelencia. Ahora hay que asumirlo. Es una buena noticia: obliga a competir mejor, a renovar públicos y a cuidar escuelas, orquestas y programación con criterio. Europa no pierde su tradición por compartirla; la pierde si deja de invertir en ella o si su oferta se vuelve previsible, burocrática y desconectada del presente.

Las desconfianzas históricas entre países europeos existen, pero el núcleo del proyecto fue justamente desactivar la lógica de los agravios: Francia y Alemania, que se desangraron durante siglo y medio, llevan más de sesenta años cooperando en defensa, industria y cultura. La Grecia de los titulares de 2015, símbolo de la crisis del euro, es hoy otra: arrastra cicatrices sociales, sí, pero ha recuperado credibilidad y acceso a financiación. Europa, con todas sus torpezas, ha aprendido y corrige a base de crisis. No siempre a la velocidad debida; tampoco a golpes de improvisación.

Un punto especialmente delicado es la inmigración. Hablar de “invasiones” simplifica una realidad mucho más compleja. Europa es plural y necesita, por demografía, gestionar entradas legales y una integración que funcione, con firmeza en fronteras y humanidad en los procesos. A España, por su geografía y su idioma, le conviene además tejer una política europea que entienda el vínculo mediterráneo y latinoamericano no como un problema a contener, sino como una ventaja a ordenar. En esto, más que en casi nada, jugar “codo a codo” tiene sentido: ningún Estado puede gestionar en solitario flujos que atraviesan continentes.

La relación con Estados Unidos añade otra capa. Sean cuales sean sus ciclos electorales, Europa necesita reforzar su capacidad de defensa, su industria de tecnologías críticas y su peso diplomático, no para romper el vínculo transatlántico, sino para que sea entre iguales. Para España, con intereses en el Atlántico y en el Mediterráneo, esa autonomía saludable es una garantía: quien depende por completo de terceros, tarde o temprano paga su dependencia en moneda política.

¿Entonces conviene o no conviene seguir al lado de las políticas europeas? Conviene, con condiciones. Conviene porque el mercado, la moneda y la seguridad jurídica comunes nos protegen en tiempos inciertos; porque pertenecer multiplica nuestra voz; y porque los grandes desafíos —energía, IA, materias primas, migraciones, defensa— no se ganan desde la periferia. Conviene, pero no a cualquier precio: España debe pelear cada directiva con pruebas y aliados, pedir períodos transitorios realistas cuando haya cambios abruptos, asegurar que la transición verde no quiebre sectores viables, blindar la competitividad de la pyme, acelerar interconexiones y convertir la península en un verdadero hub energético; invertir en educación técnica, investigación y vivienda para jóvenes; y articular una política de integración que funcione en barrios y aulas, no solo en papeles.

Hay, además, una tarea narrativa. Europa no es un idilio ni un espantajo: es un taller en obras, con andamios y ruido, donde se mezclan prudencia y ambición. En ocasiones parece dar manotazos para no hundirse; otras, encadena avances que solo se aprecian con perspectiva. Para España, la alternativa a participar en ese taller no es una independencia radiante, sino otra dependencia más frágil y con menos derechos. Por eso la discusión útil no es si “Europa ya no es lo que era”, sino qué Europa queremos ayudar a construir y con qué prioridades nacionales. Crítica, sí; repliegue, no. En el tablero de un mundo de bloques, el asiento que ya tenemos —y que cuesta tanto defender— vale más que cualquier promesa de atajos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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