Migraciones internacionales y menas en un mundo a dos velocidades
- Escrito por Hilde Sánchez Morales
- Publicado en Opinión
La evolución en las últimas décadas de los migrantes en el mundo muestra una tendencia in crescendo de extraordinaria envergadura. Según Naciones Unidas en el año 1970 los migrantes ascendieron a 84.460.124 (el 2,3% de la población mundial), en 1980 a 101.983.149 (el 2,3%), en 1990 a 152.986.157 (el 2,9%), en 2000 a 173.230.585 (el 2,8%) hasta alcanzar en 2020 los 280.598.105 (el 3,6%). Los varones representan la mayoría a lo largo de los años presentados (en 2020 el 51,9%).
La región mediterránea ostenta, tras África, el mayor número de personas migrantes muertas en 2024 (África: 2.778 y 2.452, respectivamente). Es una evidencia que el mar mediterráneo es un inmenso cementerio de seres humanos que, aún a riesgo de perder sus vidas, deciden emprender peligrosos viajes en busca de una vida mejor.
Por su parte, los desplazados bien por conflictos, violencia, desastres, cambio climático u otros motivos suponen actualmente una cifra en torno a los 117 millones, de los cuáles a finales de 2022, como planteamos en un texto reciente en este foro, 43 millones eran menores. Se calcula que hay unos 33 millones de niños y niñas que han cruzado fronteras internacionales, muchos de ellos en solitario. Resulta una peculiaridad de las crisis migratorias del sur de Europa.
En España la evolución de los menores extranjeros no acompañados (Menas) siguió una tendencia al alza entre el año 2013 (2.841) y 2018 (13.796), bajo a 3.048 en 2021 (a consecuencia de la pandemia), y creció a partir del 2022 (11.417) y 2023 (12.878). Además, en 2023 se contabilizaron 15.045 jóvenes entre 16 y 23 años que habían llegado solos siendo menores de edad.
Según informaciones oficiales recientes hay registrados unos 4.000 Menas (particularmente varones), procedentes por orden de prelación de: Marruecos (68%), Gambia (9%), Argelia (5%) y Senegal (4%). En 2024 las regiones españolas en las que se contabilizó un mayor número de estos pequeños y pequeñas fueron: Canarias (5.810), Cataluña (2.242) y Madrid (937).
Relatarles, por su novedad, que hace varias semanas fui invitada a Melilla a impartir una conferencia donde tuve la oportunidad de departir con una de las responsables del Centro de Internamiento de Extranjeros (CETI), que visité hace una década, coincidiendo con los masivos asaltos de la valla de esa bella cuidad colmada de edificios modernistas (paradojas del ser). La impresión que nos llevamos, en aquel momento, los que de la mano del director conocimos las dependencias y a sus usuarios fue de gran desolación.
La pobreza, la miseria, la infamia de un mundo a dos velocidades se mostraba en los rostros de los que allí residían (mujeres, hombres, bebes, infantes, jóvenes, …), en su mayor parte subsaharianos, además de familias sirias. Llamaba la atención la mirada expectante de los chiquillos quienes, con una sonrisa en sus labios, desde las ventanas del exterior del comedor observaban, con felicidad y admiración, los alimentos que iban a degustar. También me vienen a la memoria los “ires y venires” de los más pequeños que, ajenos a su situación, correteaban por las instalaciones, alegrando las vidas y corazones de los que allí nos encontrábamos.
En estos momentos el CETI está prácticamente vacío, con muy pocos usuarios, no hay marroquíes, ni sirios, son latinoamericanos (privativamente venezolanos y colombianos) que entran por la frontera del aeropuerto de Barajas, emprenden el vuelo hacia Melilla y se instalan en este dispositivo. Las razones obedecen a que su regularización desde allí es mucho más rápida que desde la península, acometiendo el retorno a sus lugares de destino en España una vez disponen de sus papeles reglamentarios. Es, como vemos, una realidad diferenciada de la anterior.
Retomando la problemática de los Menas, por estudios del Grupo de Estudios sobre Tendencias Sociales sabemos que bajo determinadas circunstancias se deslizan hacia el “sinhogarismo” cuando dejan de ser tutelados por la administración al cumplir la mayoría de edad. Son los jóvenes de la calle, cuyos procesos vitales obedecen a vivencias traumáticas en la esfera personal que les deterioran a gran velocidad, si bien tienen una gran capacidad de recuperación. En definitiva, son el resultado de un complejo encadenamiento de experiencias negativas, carencias, fracasos, perdida de derechos y problemas que les conducen a la exclusión social más extrema.
En nuestras calles hay más jóvenes en situación de “sin hogar”, habida cuenta, entre otros factores, de las limitaciones de las políticas de acogida a los menores no acompañados. Huelga decir que el sistema específico de atención está adecuadamente articulado y funciona razonablemente bien, aunque por la complejidad de la problemática no es tarea sencilla su integración social.
El caso de un senegalés, que conocí en Melilla, un joven en la treintena, que llegó a España en patera con 15 años y que hoy es enfermero en un hospital y profesor universitario, constata que la integración es posible, a pesar de las durísimas experiencias que relató tanto sobre el viaje (previo pago a mafias organizadas), como sobre su llegada a las Canarias y sobre el modus vivendi de supervivencia al que durante años se vio obligado (explotado bajo condiciones de esclavitud en la recogida de frutas en el campo y sometido a condiciones habitacionales extremas por parte de personas sin escrúpulos, ni moral alguna). Tuvo la inmensa dicha de ser adoptado con 25 años por un ciudadano español, un hombre excepcional y de bien, quién le brindó un hogar, una familia, aunque mantiene el contacto con los suyos en su poblado. Con su experiencia creó una entidad social que se dedica a ayudar a personas valientes que como él se juegan la vida con la esperanza de iniciar una nueva vida, lejos de la miseria más atroz.
El testimonio de este joven me congratuló con el ser humano, sin perder de vista el inmenso camino que tenemos por delante para alcanzar la justicia para tod@s con independencia del lugar en el que por azar hayamos nacido.
¡Caprichos imposibles de soslayar!
Hilde Sánchez Morales
Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.
Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.
Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.
En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.
Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.