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Golpistas, y no exaltados, al acecho de las instituciones democráticas de Brasil


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El intento de golpe de Estado en Brasil por una horda de simpatizantes ultraderechistas del expresidente Jair Bolsonaro, que irrumpieron en la sede del Congreso Nacional, la Presidencia y el Tribunal Supremo en Brasilia con la complicidad de las autoridades del Estado donde se ubican estas instituciones muestra la brutalidad con la que la extrema derecha actúa desde que perdió las elecciones presidenciales.

Que en España ese Partido Popular que dice liderar Alberto Núñez Feijóo tratara de utilizar el intento de golpe en Brasil para atacar al Gobierno de coalición es algo más que un error de apreciación, es una contribución a blanquear el fascismo

Los golpistas rompieron una barrera policial a todas luces insuficiente, mientras los agentes actuaban con poca contundencia y permitían a los asaltantes alcanzar sus objetivos físicos. Exigían la intervención militar para derrocar al legítimo presidente Lula da Silva, emulando el asalto al Capitolio estadounidense de los partidarios de Donald Trump hace dos años. Simplemente incitaban a un golpe violento para lograr lo que perdieron democráticamente en las urnas. No cuela que todos desconocieran esta intentona en los campamentos ubicados desde hacía semanas frente a los principales cuarteles del país para presionar a los militares a sublevarse.

Quienes realmente defendemos la democracia en España, en Europa y en toda América Latina condenamos desde el primer momento esta agresión y nos solidarizamos con el presidente Lula. Pero lo ocurrido también nos hace reflexionar sobre lo que realmente representa una ideología que no duda en utilizar la violencia para despreciar los resultados electorales que no le son favorables.

No son exaltados, son golpistas. Es inaceptable que estos actos terroristas queden impunes o sean minimizados. Es fundamental que los perpetradores y todos aquellos que, por acción u omisión, financiaron, participaron o permitieron lo ocurrido sean juzgados y condenados en la dimensión que corresponde a su verdadera intención: atacar y abolir el Estado democrático de Derecho.

Es imprescindible la máxima unidad de los demócratas, sin matices y sin intentar aprovechar ríos revueltos para ganar un puñado de votos frente a quienes tratan de violentar la democracia. Por ello, que en España ese Partido Popular que dice liderar Alberto Núñez Feijóo tratara de utilizar el intento de golpe en Brasil para atacar al Gobierno de coalición es algo más que un error de apreciación, es una contribución a blanquear el fascismo.

La comunidad internacional debe apoyar las medidas adoptadas por el Gobierno federal para intervenir en la seguridad pública del Distrito Federal, para la pronta investigación de los hechos y la rendición de cuentas de todos los involucrados.

Estos incidentes, con su hilo conductor en lo que ocurrió en el Capitolio de EE UU, nos deben llevar a reflexionar y tomar muy en serio toda esta violencia. Basta recordar cómo las agresiones de los ‘camisas negras’ fascistas o los ‘camisas pardas’ nazis no fueron tomadas en serio plenamente hasta que ya fue demasiado tarde. La reflexión debe extenderse a cómo es posible que la ideología fascista pueda tener hoy una amplia base social no sólo en Brasil, sino también en la Europa, que sufrió las barbaries de Hitler, Mussolini, Franco o Salazar.

No es novedoso y ya vimos cómo el fascismo, el nazismo o el golpe de Estado de julio de 1936 en España que dio lugar a la Guerra Civil recibieron previamente el apoyo de importantes sectores financieros y empresariales. Simplemente lo utilizan para mantener sus privilegios de clase, mientras financian en paralelo los apoyos mediáticos necesarios para que el ideario fascista llegue a amplias capas de la población.

Resulta más novedosa la necesidad de confrontar con las teorías negacionistas, no ya sólo del Holocausto nazifascista o de la barbarie de las dictaduras latinoamericanas, sino frente a quienes atacan a los movimientos que trabajan por la permanente actualización de la Memoria Democrática. Es imprescindible que los/as más jóvenes mantengan vivo lo que significa el fascismo con todas sus consecuencias.

 

Responsable federal de la Conferencia Interparlamentaria de Izquierda Unida y presidente del Partido Comunista de España (PCE), partido del que ha sido secretario general entre 2009 y 2018. Maestro de profesión, fue concejal en el Ayuntamiento de la localidad malagueña de Benalmádena, provincia donde inició su actividad política y por la que fue elegido diputado al Congreso en 1993, 1996 y 2000. En la X Legislatura (2011-2015) volvió a la Cámara Baja como diputado por Sevilla, ocupando la portavocía del Grupo Parlamentario de IU, ICV-EUiA, CHA-La Izquierda Plural.