Primeros días sin IVA y sus efectos sociales y políticos
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
Un descuento inapreciable han dicho los mismos medios que habían venido reclamando la rebaja del IVA, con machacona insistencia a lo largo de los últimos meses, como bálsamo de fierabrás para frenar la escalada en los precios de los alimentos. Lo que no nos decían es que, al igual que el famoso bálsamo cervantino, toda rebaja lineal alivia más a unos que a otros. Todo ello, a pesar de las opiniones de los que hemos venido insistiendo en que el problema no estaba en el superreducido o reducido impuesto del valor añadido, con ser un impuesto indirecto que ricos y pobres pagan por igual, sino sobre todo en las distorsiones en la llamada cadena de valor de los alimentos, en la especulación y en los pactos de precios que gravitan en mayor medida sobre los productores y los consumidores. De hecho, los primeros datos de organizaciones de consumidores como Facua muestran también la resistencia de una parte del sector de las medianas y grandes superficies comerciales a repercutir la rebaja fiscal en los precios de los alimentos.
A pesar también de las recomendaciones de los organismos internacionales que al margen de su orientación mayoritariamente liberal consideran unánimemente que en la situación actual hay que proteger a los sectores más afectados por los costes energéticos y a las rentas más bajas en base al mantenimiento del conjunto de la carga impositiva e incluso de su incremento a sectores como el energético, el bancario o el comercial que están siendo los más beneficiados por las subidas, pero en ningún caso mediante rebajas impositivas lineales por injustas y regresivas. De hecho, lo que mejor ha funcionado con las mascarillas, los test y las vacunas frente a la pandemia , y ahora frente a la inflación son tanto las compras conjuntas y los apoyos a los vulnerables como fundamentalmente la regulación y el control de los precios.
Porque, aunque es verdad que un pequeño descuento en la cesta básica de alimentos, como también en cualquier impuesto sobre la energía, la vivienda o los carburantes suponen una mayor rebaja relativa para quien por su escasa renta la destina al consumo casi en su totalidad, también es evidente que estas rebajas fiscales benefician más en términos absolutos a quien dispone de mayor renta y por tanto con más capacidad de demanda y de consumo.
Sin embargo, también es cierto que la rebaja impositiva que ha aprobado el gobierno se ha incluido dentro de un paquete más amplio en el que se encuentran la prórroga de la mayor parte de las medidas de anteriores decretos destinadas a favorecer a los sectores más afectados y a apoyar a los más vulnerables para evitar situaciones como la pobreza habitacional, energética y asimismo para acceder a la cesta básica de la compra, como se da en particular con el cheque aprobado para el acceso a la alimentación básica de las familias de menor renta.
Con todo, la rebaja fiscal es ante todo una medida que forma parte del marco mental de la derecha populista, que está aprovechando la escalada inflacionista para arremeter contra los impuestos y como consecuencia contra la capacidad del Estado de proveer medidas de protección a los sectores más frágiles y sobre todo de garantizar los servicios públicos. Una derecha que sin embargo rechaza incrementar los impuestos a los enormes beneficios de los sectores energéticos y comerciales ni establecer topes a sus precios como la excepción ibérica a los que se han visto más favorecidos como consecuencia de la escalada de la inflación, sin que hasta ahora los hayan compartido ni con la revalorización de los salarios de sus propios empleados ni mucho menos con el conjunto de la sociedad.
Un marco ideológico ultraconservador que no solo ha sido llevado al extremo en Inglaterra con el conocido resultado del desplome económico, la posterior crisis de gobierno y la crisis social actual, sino que más recientemente ha propiciado, incluso dentro de la Unión Europea, la privatización de buena parte de las universidades públicas en Hungría a manos de fundaciones. Y que también en España ha llegado al límite de la rebaja del impuesto del patrimonio a los más ricos en las CCAA gobernadas por la derecha, unas rebajas que además han sido emuladas, es cierto que en mucha menor medida, por algunos gobiernos progresistas que se han apresurado a rebajar impuestos en los tramos inferiores del IRPF, así como por algún candidato que ya las ha incorporado entre sus principales ofertas electorales para la próxima cita autonómica y municipal del mes de Mayo.
En definitiva, estamos una rebaja impositiva que siempre se queda corta para la oposición conservadora, ya que a la vez que reclama la paternidad de dichas medidas no sabe si finalmente las votará a favor o se opondrá, como hizo en los decretos ley anteriores, en tanto el gobierno no acepte el resto de sus medidas, que aunque todavía no sean conocidas es previsible que pretendan ampliar aún más la rebaja fiscal hasta ahora aprobada.
En este mismo sentido, mientras los empresarios protestan contra las medidas sociales como la revalorización de las pensiones y la nueva subida del salario mínimo, mantienen, salvo honrosas excepciones, el bloqueo de la negociación colectiva y de cualquier pacto de rentas para distribuir los beneficios con la excusa de la inflación de segunda ronda, de manera que hoy por hoy los salarios crecen muy por debajo de los beneficios empresariales y con ello se agrava el deterioro del poder adquisitivo de la mayoría y por ende su capacidad de consumo. Un egoísmo suicida.
Estas han sido, entre otras, las razones para el tradicional excepticismo de la izquierda con respecto a los impuestos indirectos al consumo y por el contrario su preferencia por los impuestos directos, que se establecen en función de la capacidad económica, como son el impuesto de la renta y los impuestos sobre el patrimonio y la herencia, con los que al menos en teoría cuanto más tienes más contribuyes a la hacienda pública.
Hay que reconocer que las políticas neoliberales, junto a la ingeniería fiscal de las grandes fortunas han hecho mella también en el carácter más justo y progresivo de los impuestos directos y como consecuencia en su imagen pública.
Sin embargo, no todo es blanco o negro, tampoco en la relación entre la imposición directa e indirecta, al menos desde el momento en que también en el IVA se han ido estableciendo tramos progresivos para deslindar el consumo básico del que se puede considerar menos necesario o incluso superfluo o de lujo, al igual que en los impuestos directos, como también cuando dichos impuestos indirectos se han empezado a utilizar para disuadir a los ciudadanos de consumos nocivos como el tabaco o el alcohol y para favorecer hábitos saludables o más recientemente con el objetivo de evitar un mayor impacto de determinados modelos de vida y de consumo sobre el medio ambiente.
En definitiva, se trata de una supresión o rebaja del IVA de los alimentos que unos dicen que van a aplicar aunque otros confiesan que la van a absorber dentro de sus 'esfuerzos denodados' por no trasladar el incremento de sus costes al precio final. Pero también una rebaja que se hasta ahora se muestra casi imperceptible para los consumidores, y de la que por el momento solo sabemos lo que supondrá en la reducción, otra más, de unos ingresos públicos siempre escasos.
Aunque de lo que no cabe duda es que, a pesar de su carácter temporal, esta dinámica abierta de rebajas fiscales abundará en el debilitamiento del discurso de la izquierda sobre la absoluta necesidad de los impuestos, tanto con el objetivo de la justicia fiscal como para el sostenimiento del Estado del bienestar.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.