“El suelo estaba lleno de cadáveres, el aire de un alarido en que las dos lenguas, árabe y española, juntaban sus maldiciones y los acentos de la fiereza humana, lenguaje animal anterior al de los hombres. Retrocedían los de Córdoba, empujados por los moros, y casi tocaban ya al sitio en que habían soltado sus mochilas... Ya no había más salida de aquel laberinto, ni más remedio del desastre, que no prodigio del Cielo, o de los hombres por divina inspiración. Prim, lívido, vibrando de pies a cabeza, imagen de la desesperación altanera que no admite la derrota y borra la idea de muerte del espacio mental en que se pintan las ideas, arengó por milésima vez a su gente. Gaminde había desenfundado la bandera de Córdoba, para que, desplegada, fueran sus vivos colores como latigazo en la retina de los soldados, casi ciegos ya del humo, atontados por la fatiga, y a punto de sentir apurada y nula su brutal fiereza. Prim empuñó el mástil de la bandera; al viento dio la tela, y con la tela unas palabras roncas, ásperas, como si las soltara con un desgarrón de su laringe... Más por la expresión que por el sonido las entendieron los que le rodeaban... Coger la bandera, echar la tremenda invocación, hincar espuelas al caballo y saltar este sobre el tropel de moros, fue todo un instante...”
Benito Pérez Galdós, 1905.