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EL PERIÓDICO
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La evolución de la identidad homosexual (3)


La crisis del VIH/SIDA 1985-1998

Entrados los 80's, los gays, en su mayoría tenían bastante bien asumida su homosexualidad, se sentían personas normales, pero discriminadas, y hasta incluso aparecieron propuestas de abandonar ya las reivindicaciones específicas o subsumirlas en un movimiento de liberación sexual en general. El experimento tuvo lugar en Valencia, pero no cuajó.

Apareció el fenómeno “leather” en la escena del ambiente y de las fantasías, aunque tuvo escaso eco, habría que esperar décadas para recuperarlo. Seguíamos con aquella fiesta continua tras atravesar la transición y superar el breve susto del intento de golpe de estado del 23F (1981).

El circuito de locales de encuentro estaba en su apogeo, no paraba de crecer y allí pues a divertirse, a gozar de esa libertad antes impensable. Crecían los espectáculos de transformistas, aunque esa división entre gays serios y locas, seguía presente. Las divas se hacían notar con los play-backs de Lola Flores, Rocío Jurado, Mina, etc. En 1984 apareció un libro clave para aquellos tiempos “Homosexualidad, hoy” de Antoni Miravet, del Casal Lambda de BCN. Una muy completa compilación de todos los estudios científicos y leyes que explicaban como nunca antes la naturaleza de la homosexualidad, desde el Informe Kinsey hasta los 80's. En 1979 ya había aparecido el libro “[Homosexualidades]informe Kinsey sobre la homosexualidad de hombres y mujeres”, entre cuyos autores figura Luís Aguado. Es decir, que había ya una base sólida en que asentar una identidad no marginal, ni culposa. Otra cosa era salir o no del armario, entonces el armario ya no era una prisión, era una opción -eso sí- con mayor o menor riesgo. Todo se truncó a partir de 1985. El estallido del vih/sida provocó entre los gays de todo el mundo, y aquí con mayor acento, una ola de pánico tanto en lo personal, la propia salud, como en lo social, la discriminación y el estigma. Hago hincapié en que el efecto de rechazo fue en nuestro país peor que en otros, por causa del corto recorrido de la comunidad gay y transexual. En el ámbito social, donde todavía quedaba homofobia, se sumaba el sida, y el peor insulto era “maricón sidoso”, algo que no ha desaparecido del todo a día de hoy. De nuevo el miedo, (antes fue el miedo a la policía) y muchos, -los que pudieron- regresaron al armario, intentamos pasar desapercibidos, con toda la angustia que eso conlleva. Otros lamentaron ser ya muy conocidos como gays en su entorno familiar, laboral, etc. La presión de aquella pandemia hizo aflorar la auto-homofobia de muchos, fuera para sentirse mal consigo mismos, fuera para censurar la conducta de otros gays que “se lo habían buscado” por enfermar.

El vih/sida se convirtió en sinónimo de muerte, aislamiento y soledad. Caló bastante el discurso moralizante que lanzaron los sectores más conservadores, incluso para algunos gays -una minoría- aquella enfermedad era “merecida”. En todo caso la auto-estima conseguida en tan solo una década, se tambaleaba.

En sus inicios, era tal el pánico que incluso ir a una consulta médica, donde poderse encontrar con conocidos era un mal trago, pesaba de nuevo aquello del “que dirán”. Se impuso espontáneamente un escrupuloso respeto por el anonimato de los gays seropositivos, a pesar de las malas lenguas que desde el propio colectivo señalaban a los “promiscuos”. El problema no era donde ibas, ni cuantas veces mantenías sexo, sino como lo hacías, con o sin preservativo.

Aquella situación tan inesperada nos llenó de ansiedad, como si el futuro se hubiese esfumado, y más adelante con las sucesivas defunciones el dolor nos traspasaba. Nos sentíamos perdidos.

La identidad gay, -cómo nos pensábamos y como nos reconocíamos-, de repente se había convertido en un problema, en una fuente de inquietudes y riesgos. En cuanto a encuentros sexuales esporádicos -que cayeron en picado- a diferencia de otros países, no se comentaba si uno era o no seropositivo. La práctica que más dudas generaba era el sexo oral. Es decir en todo contacto sexual siempre había algo de recelo y además eso hacía brotar aquella culpa difusa que habíamos superado pocos años antes.

Muy pocas fueron las personas en este país que se presentaron en público hablando de su dolencia. Recuerdo incluso como me comunicaron la muerte de un amante, me dijeron sus amigos, que había fallecido por causa de “la enfermedad”, hubo círculos donde no se hablaba de la pandemia o ni se pronunciaba la palabra sida.

A los difuntos, -secuestrados por las familias- jamás les reconocían el motivo de la muerte, y estas familias no tenían pudor en realizar ceremonias religiosas, por más que aquella persona fuese agnóstica o anti-clerical.

En resumen, se quería ignorar el vih/sida, era como una gran vergüenza para la mayoría de la sociedad. Estas situaciones nos llenaban de estupor, se sumaban a la sensación de naufragio. Avanzando ya en los 90's, con el uso del preservativo por bandera, aparecía un problema psicológico, propio de cualquier pandemia: “el miedo irracional”. Hubo muchos que a pesar de conocer perfectamente el uso del preservativo, sentían aprensión hacia los demás gays. La fidelidad en las parejas devino en una prioridad por prevención y muchas se rompieron cuando el test daba positivo en uno de los dos. Un infierno. Como dijo la antropóloga Olga Viñuales, apareció el “ligue frio”mirarse, darse cuenta de que gustas o te gusta otro gay que te sonríe, pero nada más. Todo sobre-entendido, pero nada de sexo.

En definitiva, el vih/sida entre gays marcó a varias generaciones entre 1985 y 1998, trece años de zozobra hasta que apareció la medicación definitiva, en 1996, que pudo contener hasta el presente el desarrollo de la enfermedad. Sus efectos ya se notaban en 1998. En nuestro país el tema del sida tuvo escaso reflejo en el mundo del arte y la cultura, existe escasa literatura sobre las vivencias de entonces, las obras de teatro y películas que tocaban el tema nos llegaron del mundo anglo-sajón. Actualmente, cuando charlo con menores de 50 años, noto que les es difícil imaginar todo aquello. Afortunadamente supimos reponernos del cataclismo inicial y las campañas solidarias con el lazo rojo nos devolvieron la dignidad, el respeto por los seropositivos y la justa memoria de quienes se llevó esta enfermedad.

En síntesis el vih/sida en nuestro país rompió e interrumpió una dinámica de progreso, que luego por la propia reacción ante la pandemia, se retomó entrados los 90's. La identidad gay siguió o volvió al lugar donde empezó por afirmarse. De todas maneras, esos trece años -los más duros del sida entre gays- fueron como un paréntesis. Hubo revistas como MENsual que rechazaron publicar los contactos que pusieran como condición ser seronegativo, un absurdo existiendo ya el condón. El movimiento gay en su amplia mayoría, prefirió al principio no enfrentarse al sida en primera persona, para no potenciar una doble discriminación o incluso por mantener una mojigata imagen de “pureza”, de “buenos chicos”. Sin embargo, la realidad era la que fue, acabó imponiéndose y hubo que combatir el vih/sida directamente desde las asociaciones gays, campaña tras campaña.

Aunque se inició la batalla por el reconocimiento de las parejas homosexuales, (el fallecimiento de uno de los miembros dejaba al otro sin ningún derecho ante la familia), el sida no dejaba de estar presente en el ambiente gay, aunque fuera de forma menos poco explicita aquí. En otros países, lo encajaron de manera más humana, por ejemplo figuraban las fotos de los difuntos en los bares de encuentro o se inventó la confección de mantas bordadas en memoria de los ausentes... Si una palabra puede sintetizar todo lo que el vih/sida influyó en nuestra personalidad, la palabra es inseguridad. Nunca estabas seguro cuando tenías una relación sexual, si el otro era o no seropositivo, nadie lo decía, pero la duda flotaba en el ambiente. Incluso con todas las medidas de prevención, asomaba ese “miedo irracional” que antes comentaba. Inseguridad respecto a la gente, la familia, el entorno laboral, y ¿si se enterarán de que soy gay?