Histriónico, voluble y desequilibrado, el nuevo presidente de Argentina, Javier Milei, se enfrenta a la real politik: a la economía real. Y lo hace tras meses de mensajes distópicos, de promesas incumplibles; de manipular y jugar con las frustraciones de una población cansada de corrupciones, de pérdida de calidad de vida, de inflaciones de tres dígitos. Repetir las promesas de Milei nos adentra en el terreno de lo grotesco, concretado en una hoja de ruta precisa –a parte de otras lindezas que van más allá del mundo de la macroeconomía, como la posibilidad de vender los órganos humanos–: desmantelar el Estado, en sus vertientes más sociales (sanidad, educación); pero, además, descuartizar sus empresas públicas. Es el mal entendido discurso filosófico de Adam Smith, con una reivindicación de la fantasmagórica mano invisible que el gran economista escocés supo matizar con enorme solvencia, no solo en su libro caudal (La riqueza de las naciones), sino en su precedente imprescindible (La teoría de los sentimientos morales).