Suele afearse a quien escribe un obituario que se convierta en el muerto en el entierro y, hasta cierto punto, está bien que se afee, porque hay que conservar el sentido de la medida, pero, aun así, si uno escribe de modo sentido sobre alguien que se fue es porque ese muerto no le es ajeno, porque ese muerto, de algún modo, es uno: algo de uno se muere. Concha Velasco fue una artista colosal, una estrella de la época dorada del Hollywood español que, poco a poco, y sin remedio, va desapareciendo. Naturalmente, la vida sigue y el audiovisual y el teatro también, lo que va quedando reducido a su mínima expresión es una constelación de actrices, de actores, de directores y guionistas que conformaron una galaxia artística irrepetible. Para los jóvenes es gente descatalogada, pero hay una España todavía mayoritaria, la de los baby boomers y de ahí para abajo, para quienes la desaparición de figuras como Concha Velasco, Fernán Gómez, Berlanga, Azcona, López Vázquez, Amparo Rivelles, Juan Diego, Sara Montiel, las Gutiérrez Caba, Adolfo Marsillach… supone una aniquilación sentimental y artística.