Llegó el presidente Milei a Madrid, para recibir una medalla del gobierno regional, protegido por los servicios de seguridad del Estado. Un Estado con un gobierno legítimo liderado por un presidente al que el “invitado” insulta y descalifica sin cesar. En esa delirante deriva, formulada por un personaje histriónico al que se suma la presidenta de la Comunidad de Madrid, el presidente argentino lanza acusaciones sin prueba alguna sobre representantes democráticos del país que le acoge. Los exabruptos suponen la intromisión torticera en asuntos sobre los que el mandatario argentino opina sin criterio veraz alguno: a partir de falsedades y, sobre todo, desde una enorme prevención ideológica. En el terreno de la economía los disparates se multiplican por boca de Milei, un acendrado defensor de los preceptos de un liberalismo económico que no tiene nada que ver, absolutamente nada que ver, con la doctrina que los teóricos de esa escuela económica de pensamiento acuñaron hace ya más de doscientos años. Debería haber estudiado más la carrera académica de la que presume.