La derrota de los conservadores en Gran Bretaña es palmaria. Aunque se hagan lecturas muy respetables, pero tal vez excesivamente preventivas, que ahondan en una matización del triunfo laborista. Pero los números son contundentes, y las diferencias de escaños, notorias. La lección británica, en el campo de la economía, es clara, si bien se es consciente de que discutible. Vayamos, como siempre, a los datos. Se ha demostrado, de manera contundente, la negación de un axioma que suele invocarse con reiteración: que la derecha gestiona mejor la economía que la izquierda, por simplificar mucho el espectro político. En este caso, el desastre de las políticas económicas implementadas por los conservadores británicos ha conducido al país a sendos derroteros: el aislamiento del continente europeo –lo que no es beneficioso para la economía británica, aunque se vendió como una gran mejoría si triunfaba el brexit–; la enorme desconfianza de los mercados hacia las medidas adoptadas por los diferentes gabinetes tories –destacando las pifias de Boris Johnson y Liz Truss en sus postulados económicos y en la pésima gestión presupuestaria–; y la crisis de los servicios públicos –sanidad y educación, especialmente–.