En cierto sentido la muerte de un profesor no es una muerte como las demás. Con él muere un trocito de nuestro tejido social solidario porque los profesores nos ganamos la vida ayudando a la gente. Siempre he defendido que nuestro trabajo tiene una profunda dimensión empática, por eso una parte importante de nuestra vocación nace de querer aportar algo a la sociedad. Antes que especialistas, somos observadores sensibles a nuestro entorno. Un buen profesor es sobre todo una persona que conoce a los que le rodean y se preocupa por sus alumnos. Pero resulta que dentro del universo de la enseñanza no todos abordamos las mismas problemáticas. Un profesor de educación física puede ser sensible a ciertos problemas de salud, mientras uno de lengua percibe mejor las dificultades derivadas de la lectoescritura. Todos comparten esa vocación de observar, pero sus desempeños son distintos. Pues resulta que en eso los profesores de historia, más que el resto, nos enfrentamos a retos que requieren especial sensibilidad. En nuestras sesiones tratamos frecuentemente muchos de los grandes problemas de nuestro tiempo. Y esto es algo que parece ya asumido por la sociedad. Cada vez que surge un dilema social, nuestros gobernantes asumen con ligereza que dedicando algunas líneas en el currículo y unas pocas horas a la semana en clase, el problema se solventará como por arte de magia. Al final siempre somos los mismos los encargados de enfrentarnos cara a cara con los males menos glamurosos de nuestra sociedad, como el racismo, la intolerancia, el radicalismo o el auge del fascismo. Por eso, cuando leí que el compañero Samuel Paty murió en un ataque de odio a manos de unos radicales, sentí un terrible escalofrío que me recorrió las entrañas. Porque como Paty, cualquiera de mis compañeros de profesión estamos en el punto de mira de mucha gente.