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La hora de la Prensa pública

La información es un bien social que surge desorganizadamente de la sociedad en forma de acontecimiento y que a ella debe regresar, de modo organizado, como noticia. Tal es la tarea del periodista: atender a lo que sucede en la escena pública, evaluar su interés social, contrastarlo, verificarlo, darle forma organizada y sacarlo a la luz. Publicarlo. De esa manera, la información regresa a su propietaria y destinataria, la sociedad. Los llamados medios de comunicación son gestores de la información. Pero no son sus propietarios. Como tal axioma, esto es incuestionable. La información es patrimonio social. Sin embargo, la privatización de la información pública en España está adquiriendo una deriva preocupante.

Francisco Largo Caballero: una legislación laboral avanzada para dignificar a la clase trabajadora e incrementar sus derechos

El reformismo obrero, dando a la clase proletaria conciencia de sus derechos y de su propia dignidad humana, ha hecho más, con su acción permanente, por la Revolución Económica que todos los levantamientos parciales y sin objetivo de los anarquistas que hubo hasta aquí o que puedan suceder. Boletín de la Unión General de Trabajadores. Sin firma. (31de enero de 1931).

El asunto clerical

No es de extrañar en absoluto que España haya tenido que luchar con el tópico de que cada español lleva dentro un clérigo. Es que la cuestión clerical ha sido un largo y agónico inconveniente en nuestro desarrollo a lo largo de la Historia. La costumbre de la Iglesia ha sido la de convencer en contra de la voluntad de la persona que ha acudido por imposición a escuchar. Eso no es una religión. Ser practicante de una religión lleva implícita la libertad de querer estar ahí, de estar convencido de lo que uno cree, de las doctrinas, del espíritu, de la filosofía de aquella y de los ritos de esta. Como sea, uno debe elegir sumergido en su espiritualidad íntima, personal e intransferible. Pero esto no es así en las grandes religiones de ayer y hoy. El peso del catolicismo que en nuestra tierra ha impuesto contra corriente su voluntad, se ha encargado a lo largo de muchos siglos de educar, de confundir de “formar” a la persona. Y claro, como es irreal y antinatural pues se da el caso de que mientras en Europa estaba el pueblo aprendiendo a leer nosotros estábamos bajo el yugo papal. Injusticia inmunda.

¿Merkel en el Congreso de los Diputados?

En nuestro anterior artículo de opinión lamentábamos que las derechas no hubieran firmado el manifiesto por la democracia frente a la extrema derecha, y apelábamos a la responsabilidad del Partido Popular ante el odio cainita y el clima enrarecido que la formación verde estaba generando en España, si querían demostrar realmente el espíritu del patriotismo que siempre tienen en su discurso. Pues bien, después de la sesión final de la moción de investidura parece que algo importante se ha hecho, a la espera de acontecimientos políticos a corto y medio plazo que puedan confirmar el nuevo rumbo de la principal fuerza conservadora española.

La guerra cultural de nuestro siglo

En cierto sentido la muerte de un profesor no es una muerte como las demás. Con él muere un trocito de nuestro tejido social solidario porque los profesores nos ganamos la vida ayudando a la gente. Siempre he defendido que nuestro trabajo tiene una profunda dimensión empática, por eso una parte importante de nuestra vocación nace de querer aportar algo a la sociedad. Antes que especialistas, somos observadores sensibles a nuestro entorno. Un buen profesor es sobre todo una persona que conoce a los que le rodean y se preocupa por sus alumnos. Pero resulta que dentro del universo de la enseñanza no todos abordamos las mismas problemáticas. Un profesor de educación física puede ser sensible a ciertos problemas de salud, mientras uno de lengua percibe mejor las dificultades derivadas de la lectoescritura. Todos comparten esa vocación de observar, pero sus desempeños son distintos. Pues resulta que en eso los profesores de historia, más que el resto, nos enfrentamos a retos que requieren especial sensibilidad. En nuestras sesiones tratamos frecuentemente muchos de los grandes problemas de nuestro tiempo. Y esto es algo que parece ya asumido por la sociedad. Cada vez que surge un dilema social, nuestros gobernantes asumen con ligereza que dedicando algunas líneas en el currículo y unas pocas horas a la semana en clase, el problema se solventará como por arte de magia. Al final siempre somos los mismos los encargados de enfrentarnos cara a cara con los males menos glamurosos de nuestra sociedad, como el racismo, la intolerancia, el radicalismo o el auge del fascismo. Por eso, cuando leí que el compañero Samuel Paty murió en un ataque de odio a manos de unos radicales, sentí un terrible escalofrío que me recorrió las entrañas. Porque como Paty, cualquiera de mis compañeros de profesión estamos en el punto de mira de mucha gente.

El PP en una difícil encrucijada*

La COVID-19 está causando de nuevo una auténtica alarma en la población derivada del deterioro de la salud pública y de los considerables destrozos que está provocando en términos económicos y sociales. Todos los datos conocidos nos sitúan a la cabeza de la UE en cuanto a rebrotes y todo parece indicar que la desescalada se efectuó de manera precipitada y que las medidas relacionadas con la contratación de los rastreadores y las encaminadas a fortalecer la sanidad primaria y el sector de enfermería no se han aplicado.

Salud y economía

Un jornalero murió trabajando en el campo, el patrón recogió el cuerpo y lo dejó en la puerta de un centro de salud. Lo leímos en los medios, pero la noticia, sin embargo, no era esa. La noticia fue que el magistrado responsable del caso ha considerado que ese “emprendedor agrario” se limitó a cometer una falta administrativa: no debió llevarse el cuerpo de donde se desplomó. Al parecer, la prosperidad económica pasa por admitir cierto grado de “riesgos para la salud” que pueden terminar siendo fatales. Hay que admitir este tipo de incidentes, y normalizar que la epidemia se lleve por delante a diario a casi tres centenares de personas ¿Es esto tolerable? ¿es ahí donde ha de estar nuestro nivel ético?

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