Naciones Unidas es una organización llena de buenos propósitos, pero, al mismo tiempo, con una escasa capacidad para hacerlos efectivos. Por eso, cuando se habla de que algún tema relevante pasa a ser de su preocupación suele generar un sentimiento de escepticismo sobre la posibilidad de que sirva para algo. Un poco como cuando, en cualquier organización, se crea una comisión para afrontar un problema. Todo el mundo entiende que se quiere ganar tiempo y no resolverlo. En el caso de la ONU, el ejemplo más claro de fracaso son sus pronunciamientos reiterados con el tema de Palestina. Israel no ha hecho ni caso de sus resoluciones desde su nacimiento en 1948. Hoy, estamos donde estamos. Lógicamente, la culpabilidad de sus frustraciones no está en la organización sino en la falta de apoderamiento para obligar a que se lleve a cabo y en la actitud hipócrita y descreída de sus principales estados miembros. Las Naciones Unidas, se preocuparon hace ya muchos años del tema medioambiental y del cambio climático. Buenos informes y diagnósticos, creación de organismos específicos y pronunciamientos bastante claros, pero resultados decepcionantes. El tema del cambio climático la ONU le singularizó y afrontó a partir de 1992 como resultado de la Cumbre de Río para concienciar sobre la cuestión y obligar a los países a reducir la emisión de gases de efecto invernadero y combatir un previsible calentamiento global que, ya se veía, podía acabar por tener efectos devastadores sobre el planeta. Las conferencias anuales sobre el tema, conocidas como las COP, empezaron en 1995 en Berlín y, desde entonces, se han ido celebrando hasta llegar en 2023.