Se acaba de producir en Cataluña un cambio de gobierno con formas y fondos impecables, una demostración de que la sociedad y la política catalana, en su mayor parte, mantiene una cultura democrática muy sólida. El presidente y el gobierno entrante agradecen el trabajo a sus predecesores y éstos desean suerte y aciertos a los que llegan. Los hechos colaterales de la jornada de la investidura han resultado irrelevantes, los últimos estertores de un personaje y de unos planteamientos políticos minoritarios y que con sus excentricidades no hacen más que devaluarse. Cataluña, ha entrado en una nueva época, en un nuevo ciclo político en el que imperará el gobierno de las cosas, la gestión de la realidad, la asunción de los problemas reales de las personas, el abandono de las fantasías y el regreso a la realidad. Hay quien dice, que con el presidente Illa la política catalana se volverá aburrida e insulsa después de años acostumbrados a la tensión dramática constante. Una afirmación que parte de la frívola idea de que la política es un divertimento, un juego de pícaros, sacar a pasear los delirios. Es bueno que la política pierda su dimensión de espectáculo y que se enfríen un poco las pasiones. Si lo que nos interesa es el bien común y el progreso del país, creo que puede ser muy interesante debatir, y así debería ser, los diferentes puntos de vista de cómo mejorar los servicios públicos, las infraestructuras necesarias y las que no, el papel del turismo, la integración de los contingentes migratorios, la política cultural que necesitamos o el papel de la industria. No hay épica, pero existe la vibración de un país y sus necesidades, también la expresión de su diversidad.