Venezuela se ha convertido en una obsesión para el denominado Occidente. Este desaforado interés “occidental” por supervisar - cuando no ingerirse en- lo que allí sucede, parece esconder algo que los mentores de la injerencia no quieren que se conozca. Veamos. Venezuela, con casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie y 28 millones de habitantes, flota sobre el petróleo. Dotado de una riqueza inusitada en reservas gasísticas, carecía de aceras en sus calles mientras regía allí, durante la Guerra Fría, una democracia supuestamente liberal y bipartidista: copeyanos, socialcristianos, y adecos, socialdemócratas, se alternaban gozosamente en el poder. Ante aquella inercia que mantuvo, durante décadas, una desigualdad social y económica insólita pese a los recursos del país, surgió un proceso revolucionario capitaneado por militares nacionalistas, que llevó al poder a una clase obrera y campesina desposeída de toda clase de poder desde la independencia del país en el siglo XIX. Esta clase desplazó a la burguesía cosmopolita, con capital en Miami, Florida, Estados Unidos, que movía los hilos de cuanto pasaba en Caracas, capital venezolana.