Aceptémoslo, somos muy vulnerables. Lo vivimos de manera extrema y trágica con la pandemia y ahora de forma inesperada y casi anecdótica lo acabamos de experimentarcon el apagón eléctrico. En el mundo extremadamente tecnificado y aparentemente donde todo está controlado no nos libraremos de incertidumbres, accidentes y de qué suceda lo improbable. Esto ha ocurrido siempre, pero, quizás, el problema de hoy es que no estamos dispuestos a aceptarlo. Pedimos certezas y seguridades absolutas de que no son posibles y cuando sucede algo que no estaba en nuestro imaginario exigimos explicaciones, responsabilidades y que alguien lo pague. Nada nos gusta más que la católica tendencia a repartir culpas, cortar cabezas y que a alguien se le imponga pena por unos daños que no se sabe exactamente cuáles son. Lógicamente, en un mundo que debería estar presidido por la razón ilustrada es necesario buscar causas y explicaciones a fenómenos que, más o menos, pueden resultar perjudiciales. Más que nada para corregir lo que sea susceptible de hacerse y no repetir experiencias que tienen costes económicos y sociales bastante importantes. Sería estúpido no hacerlo y achacarlo todo al azar o a un mal alineamiento de los astros. A veces y como en este caso, la causalidad resulta algo compleja de averiguar.