¿Murió envenenado Napoleón Bonaparte?
A veces, en la isla de Santa Elena, en aquel desierto de amargura y aburrimiento donde las potencias europeas le desterraron, el emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821) lamentó en más de una ocasión no haber muerto en Moscú o en Waterloo, aunque finalmente se resignó a su suerte. Existen hombres que, habiendo experimentado la gloria, son capaces de distanciarse de su propia vida, se alzan sobre ella y la contemplan como una obra de arte. Pero Napoleón, en sus momentos de completa lucidez, supo que Santa Elena era el sórdido, sublime e indispensable epílogo de la historia de su vida. Y, para algunos historiadores, también logró salir victorioso de su derrota. Si su tumba en la cripta de los Inválidos de París se ha convertido en un lugar de constante peregrinación para el pueblo francés, no se debe al recuerdo de las victorias militares de Austerlitz o Borodino, sino a que la Francia contemporánea sabe que -desde un punto de vista jurídico y administrativo- ha sido modelada por la mano de Bonaparte y sus colaboradores políticos.
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