Responsabilidad de los partidos
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“Hasta ahora, el magnífico movimiento revolucionario apenas tuvo otro objetivo que el de la destrucción. Labor primordial, necesaria, imprescindible, para echar los fundamentos del nuevo Estado. A ella concurrieron todas las fuerzas difusas del país, cuyo instinto de conservación no se había embotado del todo, en número sorprendente. Los revolucionarios han logrado su objeto a satisfacción. No han dejado ni piedra del viejo edificio regimental. Pero hemos de advertir que ' si para la demolición el aglutinante de los demoledores es en extremo sencillo y el nexo simplicísimo, para la construcción se precisa duna inteligente división del trabajo y una capacitación nada común. Más claro (y dejándonos de sentidos figurados): los distintos núcleos republicanos, cuya coordinación hasta la fecha ha resultado relativamente fácil y eficaz, no podrán hacer nada de provecho si no simplifican sus orientaciones, concretan y aclaran sus programas y disciplinan sus huestes.
Hemos llegado ya al terreno de la verdad, al momento de la actuación positiva. Ahí tenemos unos mandatarios, trasunto como nunca de la voluntad nacional, que comenzarán el día 14 a construir sobre ruinas; un Gobierno cuyos miembros — salvo los representativos de la minoría socialista — no es fácil discernir concretamente por sus respectivos idearios; un conglomerado, en suma, monstruoso, que, si rimaban acompasados hasta el 14 de abril, no es posible, ni conveniente siquiera, que caminen por la misma senda en gregario tropel. Se impone la diferenciación clara y precisa, la reducción de sectores con programas fijos, los apoyos sinceros, partiendo de puntos coincidentes y contenidos comunes; la formación de un Poder ejecutivo de fuerte cohesión, de máximo prestigio, de suma autoridad, que no viva de precario, traído y llevado como débil barquilla por las olas de la heterogénea multitud, de cuyas entrañas nació. Cada partido, en estas horas solemnes, ha de sentir su propia responsabilidad, que hasta ahora no tuvo ni le hizo falta tener por ser única y negativa la actuación de todos.
Hay que salir de la heterogeneidad caótica, peculiar a toda etapa inicial de evolución. Hora es ya de poner fin a los latiguillos resonantes, sustitutivos de ideas sustanciales, reclamos de galerías sugestionables, cantadores de aplausos fáciles y de... votos a montones, y de exponer con diafanidad ideas y propósitos. Para que las sesiones de las Constituyentes sean fecundas, se impone, como condición indispensable, que los veintitantos grupos republicanos que concurrieron a la pasada lucha electoral polaricen sus bizantinismos y encuadren lo fundamental de sus ideas en un mínimo de tendencias de verdadero interés colectivo. Y para que el Gobierno que coexista con las Cortes recién nacidas tenga la autoridad y prestigio convenientes (sin prejuzgar nada sobre su constitución, ya que ello depende de resoluciones inmediatas), es, a nuestro entender, indispensable que desaparezca la heterogeneidad actual. Porque la heterogeneidad en todo, pero más en el gobierno de las Repúblicas, es el principio más poderoso de disolución y de impotencia.”
(El Socialista, número de 9 de julio de 1931).