Hacia la reducción de la jornada
- Escrito por Óscar de Swaef
- Publicado en Déjà Vu
“Cuando reclamamos la semana de cuarenta horas nos apoyarnos principalmente en el acrecentamiento de la productividad merced a los progresos técnicos. No obstante, se nos responde que el argumento aducido no es irrefutable.
A primera vista, nuestros contradictores tienen razón. Cierto que la productividad no ha dejado de aumentar desde el comienzo de la era capitalista/y que, a pesar del aumento, no ha dejado tampoco de aumentar el número de obreros industriales. Ha habido muchas crisis transitorias, debidas alas perfeccionamientos técnicos en algunas ramas de industria; pero la mano de obra eliminada en esas ramos fué absorbida por nuevas industrias, cuyo desarrollo era promovido precisamente por nuevos descubrimientos en el dominio de la técnica. Han sido citados frecuentemente los ejemplos de las industrias del automóvil y de la radiofonía, que en los últimos arios han proporcionado trabajo a masas de trabajadores eliminados de otras industrias.
No seguiremos a algunos economistas como el alemán Fried, cuya doctrina autárquica inspira a los nacionalsocialistas alemanes y que pretende que ha terminado la era de los descubrimientos. Hasta ahora no se ha aportado prueba alguna que pueda justificar la tesis de Fried.
No hay, pues, razón ninguna para que otros descubrimientos no creen nuevas colocaciones en lo venidero. Sin embargo, no puede deducirse de aquí una conclusión desfavorable, a una nueva reducción de la duración del trabado.
A principios de la era capitalista, ¿no llegaba la jornada de trabajo a Catorce y aun a dieciséis horas por día? ¿Y no se ha ido reduciendo sucesivamente la jornada a doce, a diez, y finalmente a ocho horas por día?
No hay tampoco razón alguna para detenerse en lo sucesivo en el camino de la reducción de la jornada. ¿Acaso no es la más hermosa justificación del maquinismo la posibilidad de reducir el esfuerzo humano y su duración?
Parécenos inevitable una nueva disminución de las horas de trabajo. Pero se deja entrever que a la aplicación generalizada de la reducción se llegará en un porvenir más o menos lejano.
¡Pues no! Se trata de llegar a ella lo más rápidamente posible. Por eso, el movimiento obrero internacional sostiene la batalla en favor de las cuarenta horas con creciente energía.
Sucede que el acrecentamiento de la productividad, a que asistimos desde hace muchos años, ha sido tan súbito y tan considerable que en estos momentos no puede vislumbrarse la proximidad de que sean absorbidos por nuevas ramas de industria los trabajadores eliminados por los progresos técnicos.
En una reunión sindical a que asistimos hace poco oímos enumerar cifras sugestivas a este propósito. Las primeras que llamaron nuestra atención fueron las relativas al súbito desarrollo de la productividad que desde 1925 se ha manifestado en la industria del acero.
La producción mundial del acero llegó en 1913 a 76 millones de toneladas. Dicho nivel fué ligeramente rebasado en 1925, y a partir de aquel año la producción subió, desde 78 millones de toneladas a 120 en 1929.
Antes de la guerra, el aumento anual de la producción de acero era de toneladas 2.400.000, y durante el período de 1925 a 1926 fué de 10 millones. Agréguese a esto que en los momentos en que la productividad de la industria del acero adquirió un auge desconocido hasta entonces, productos como el cemento reemplazaban ya al acero en muchos usos.
La crisis ha provocado el decaimiento de la producción. En los Estados Unidos las fábricas de acero funcionan a una marcha del 10 por 100 de su potencialidad productiva. Las fábricas belgas trabajan a la marcha del 55 por 100.
Se aduce que hay paro tecnológico, es decir, paro debido a los perfeccionamientos técnicos. Las cifras antes citadas son, sin embargo, apropiadas para hacernos dudar de las afirmaciones optimistas de quienes nos dicen que todo acabará por arreglarse, sin que se reduzca la duración de la jornada de trabajo, en cuanto mejore la situación económica que se nos deja vislumbrar.”
(El Socialista, número 7457 de 30 de diciembre de 1932).