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Estabilización del predominio de la izquierda en el país


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

“Por mucha que sea la particularidad que se discierna a las elecciones de Cataluña, es de todo punto evidente que pueden ser aceptadas como paradigma del espíritu que anima a la opinión pública española. Lo específico allí es el Estatuto, pero lo genérico, independientemente del Estatuto, claro está, se descubre en la persistencia de los rumbos izquierdistas. A este respecto, las ilusiones de las derechas eran, antes del 20 de noviembre, abundantes y, en concepto de sus hombres, muy autorizadas. La respuesta a esas ilusiones ha sido terminante. Porque la «Esquerra» es, fundamentalmente, un partido de izquierda burguesa. Como es natural, nuestro juicio sobre la posición de la «Esquerra» está condicionado por las circunstancias. Sus representantes en el Parlamento de la República han dado al nuevo régimen ni más ni menos que los demás partidos de izquierda burguesa incluidos en la mayoría. Con eso está dicho todo. No cabe duda, pues, de que la «Esquerra» se define como partido coautor de la revolución política. Cuanto ha ocurrido en España desde el 12 de abril de 1931, mediante la acción del Parlamento y del Gobierno, es también, en la proporción de su fuerza numérica, obra de la «Esquerra». Como dijo el señor Martínez Barrios, buscando efectos contrarios a los que surtió su frase, la política de la «Esquerra», en conjunto, es la política del señor Azaña. Pues bien: la política del señor Azaña, el proceder del Gobierno ha obtenido en Cataluña el resonante triunfo que conoce el lector. La «Lliga», el partido adversario, el refugio de la plutocracia y el conservadurismo catalanes, si es cierto que ha logrado más adhesiones que en junio del año pasado, no lo es menos que la diferencia 110 permite a las derechas demasiadas jactancias. Y nótese que se han producido en Cataluña, desde que fué proclamada la República, acontecimientos en los que, atendida la mecánica de los intereses, veían los reaccionarios sólidos argumentos contra la gobernación izquierdista. Pero la opinión ha demostrado que sabe resolver los problemas que plantea el régimen de libertad y que prefiere crear ella el orden por sí misma a que se lo dé hecho un autócrata de poderes absolutos. El pueblo no quiere ya monólogos. Y lo que ha ocurrido en Cataluña pasará, lo hemos de ver en plazo corto, en toda España.

De rechazo, el resultado de las elecciones catalanas destruye el reproche de facciosas que harto ligeramente se venía esgrimiendo contra las actuales Cortes. Vemos ya cómo las derechas se baten en retirada. Las esperanzas exteriorizadas día a día por «El Debate», según las cuales el próximo Parlamento acogería a una mayoría reaccionaria, o al menos quebrantaría enormemente la línea revolucionaria trazada por estas Cortes, han perdido la base artificial en que estaban apoyadas. Consecuencia de la lección que les ha dado Cataluña es esa actitud de resignación en que se han colocado las derechas, fiando su desquite al transcurso de un decenio. Acordemos un lapso más breve. Pero, en todo caso, según ellas, sólo contarán con la cuarta parte de la opinión española. La soberbia se ha trocado en modestia. Pocas veces humilla el sufragio universal de manera más efectiva a un sector político que se disponía a tomar las posiciones del enemigo.

Hasta aquí la Cámara constituyente actuaba con plena autoridad. Su derecho a subsistir nada, como repetidamente hemos consignado, del decreto de convocatoria. Se argüía, sin embargo, que las Cortes no representaban «ya» a la opinión. Asegurábamos lo contrario. No se nos creía, acaso porque nuestros adversarios padecían espejismo. Y he aquí que la consulta popular de Cataluña llega con manifiesta oportunidad a respaldar nuestro aserto, el de las fuerzas de izquierda. El país, por consiguiente, no desea la disolución deil presente Parlamento mientras no agote el cometido que le fija la ley. Es más una disolución prematura de las Cortes constituyentes sería opuesta a da voluntad nacional, que está del lado de la revolución. No sueñen las derechas con salir de su aislamiento. Se celebrarán elecciones en toda España, y en el Parlamento de la República habrá una mayoría de izquierdas. Porque el pueblo español es republicano y socialista de convicción. Precisamente, el despistamiento de los reaccionarios se explica porque han interpretado el cambio de régimen como un movimiento superficial, alentado por los intelectuales, sin raíz alguna en la conciencia política de las masas. Los hechos nos dicen que puede hablarse en España, no sólo de estabilización de la República, sino también de estabilización del predominio izquierdista. Una estabilización tanto más ostensible y resistente cuanto que se produce sobre una postura lenta y concienzudamente elaborada. Y es que la República existía en España desde mucho antes del 14 de abril. Además, la República, en nuestra situación, es algo más que un concepto político: es izquierdismo y acción revolucionaria. En fin de cuentas, do que tenía que ser. Todo lo contrario de lo que fué la monarquía. “

(El Socialista, número 7426, del 24 de noviembre de 1932).


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