La escuela laica
- Escrito por Jean Jaurès
- Publicado en Déjà Vu
“Para la Iglesia el niño no pertenece al padre de familia; el niño pertenece á Dios, y como Dios no puede manifestar y realizar su voluntad sino por la Iglesia visible, la Iglesia proclama que el niño le pertenece y el jefe de familia no tiene derechos para la Iglesia sino en la medida en que él es el intérprete y el agente de los derechos de Dios, por la Iglesia como intermediaria, sobre todas las conciencias de los niños.
Lo mismo, la patria, que se nos ha opuesto á veces de ese lado de la Cámara (la derecha) como una especie de absoluto inviolable é intangible, la patria misma no es para la Iglesia y no puede ser otra cosa que una realidad subordinada. Yo podría traer el texto reciente de las declaraciones pontificales en que Pio X recuerda, con ocasión de una peregrinación francesa, que la patria no tiene derechos sino en la medida en que ella se somete á la Iglesia.
Yo traeré el texto, señores; pero dejadme decir que aquellos de entre vosotros que conocen el pensamiento de la Iglesia en su verdad, en su audacia, que tiene su nobleza como puede tenerla hoy en día, para bien de los espíritus, su escándalo, esos no contestarán lo que yo digo, porque es imposible, cuando se ha proclamado que Dios está tan íntimamente mezclado á las cosas humanas que Él se ha encarnado en un individuo humano y que Él ha transmitido á una Iglesia el derecho de continuar está encarnación, es imposible que Dios no quede encarnado en esta Iglesia como la potencia soberana y exclusiva ante la cual los individuos, las sociedades, las patrias, todas las fuerzas de la vida deban inclinarse.
He aquí la contradicción de dos mundos; he aquí la contradicción de dos principios, y he aquí, por consiguiente, cuando llegamos al problema de la enseñanza, la dualidad y el conflicto. Si los hombres de la revolución llevan hasta el fin el principio revolucionario, y si los cristianos llevan hasta el fin el principio de la Iglesia, esto es, en una sociedad unida en apariencia; esto es, en una sociedad donde todos tenemos la misma figura humana, el más prodigioso conflicto que se pueda imaginar.
Yo leía hace días uno de los sermones pronunciados por el futuro cardenal Newman. Este hombre encantador, este hombre de quien Mr. Morley ha podido escribir que había sido el más grande prosista inglés del siglo XIX; este hombre, que ha sido llamado el mago de Oxford y cuyo pensamiento tiene una soberana elegancia, ¡ah!, él sabe poner de relieve, con un vigor admirable, la dureza del dogma. Él dice: «En la sociedad humana hay individuos que, si muriesen repentinamente, serian salvados; al lado de éstos hay otros que, si muriesen, estarían perdidos para siempre. Y todos estos hombres hablan, y todos estos hombres se cambian apretones de manos, afecciones, sonrisas, ignorando que un prodigioso abismo y un golfo espantoso los separan».
¡Y bien! En la aparente uniformidad de la vida moderna, en la aparente familiaridad de nuestras relaciones, en la estima reciproca que nos tenemos, que nosotros afectamos, que los unos creemos tener para los otros; del campo de los descreídos al campo de los creyentes, si cada uno lleva sus principios hasta el fin, es un golfo terrible que se abre. En cuanto á mí, no he podido leer las palabras de Newman sin experimentar una especie de pesadilla, sin entrever, bajo los pasos de todos los seres humanos miserables y frágiles, que se creen enlazados por una comunidad de simpatía y de pruebas, sin entrever bajo sus pasos un abismo espantoso dispuesto á abrirse.”
(Vida Socialista, nº 93, de un discurso del Jaurès en la Cámara de Diputados en enero de 1911).