Conservadores
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“La República conservadora. He aquí una frase a que se agarran los reaccionarios españoles. La República ha de ser conservadora... porque lo ha dicho el «Times». Y éste, seguramente, lo ha dicho con muy buena intención y dando al adjetivo aquel el sentido que el léxico de asigna... en Inglaterra. Pero a los conservadores españoles habría que preguntarles qué es lo que pretenden conservar. Lo susceptible de conserva o de conservación, que no es lo mismo, pensarán los que mueven con lógica su pensamiento. Se conserva lo que merece la pena y mientras no se pudre, porque entonces se tira; y es objeto de conservación lo que tiene un valor universal y, por tanto, sigue prestando un servicio a la Humanidad, como el Arte, por ejemplo. Mas ni toda conserva es duradera ni toda antigualla es arte. Tengamos eso en cuenta. Ni la conserva ni la conservación pueden pasar de ciertos límites.
El mundo marcha, con más o menos rapidez, pero marcha adelante; y los que parecen movimientos de regresión no son en realidad sino zigzagueos del camino para salvar obstáculos o desarrollar pendientes. ¡Cuántas veces el vehículo en que viajarnos parece volver al punto de pasteada! Y todo fué un paso violento de la ruta; en seguida vira de nuevo y, poniendo otra vez cara al destino, sigue, con más seguridad, hacia adelante. Así, la Humanidad, pese a las dictaduras y los absolutismos y a los eclipses del derecho. Cada túnel tenebroso nos va acercando al mar, donde triunfa la luz como sobre un espejo, o a la cumbre eminente, donde es el sol la victoria absoluta. Y no hay símbolo de libertad como la luz; nada excita a ser independientes como el cielo el mar.
Una vez en camino; es cada peso una conquista; y si el camino es fatigoso, requiere descansar, haciendo un alto, mas sin ceder un palmo de terreno. Este es el único sentido racional del verbo «conservar», en política: conservar lo conquistado, mejor aun, lo últimamente conquistado. Pero regresar kilómetros atrás a volver a gozar de aquella umbría alegre donde sestearnos tan a gusto... ¡Eso, jamás! Eso no es conservar, sino deshacer la marcha y traicionar la vida, compañeros de viaje. Eso no es licito en nombre de ningún egoísmo. La caverna está ya miles de aloe atrás; el mismo siglo XVII, con su predominio eclesiástico y real, está demasiado atrás; el propio turno legal de les partidos está demasiado atrás. El pasado no vuelve: la monarquía está en el pasado; el Estado confesional está en el pasado; y los tratos con Roma, y la injerencia religiosa en las cosas civiles, y la concepción económica del siglo XIX. Todo eso son conservas que hieden: entraron en putrefacción y ha habido que enterrarlas para que no nos apesten. ¡Si el motivo de la revolución ha sido ése! Que la monarquía, con todas sus instituciones, se vino abajo de podrida. Si las cosas que tienen fuerza y vida no se hunden así, Y quedan cosas viejas aún que se van conservando porque es más lento su proceso de descomposición, pero que, fatalmente, les llegará su hora.
Por tanto, los conservadores verdaderos, tienen que salir de esta misma República; y serán los encargados de conservar cuanto la República va edificando, con tendencia tal vez a moderar el paso, a afianzar los pies, a descansar en el camino... «A descansar en el camino», que no es echa a correr hacia atrás, aunque sea a campo traviesa, para llegar cuanto antes. «A descansar en el camino» sin echar raíces en el, pensando en que la parada o el paso corto son descanso nada más para seguir rumbo adelante. Los que huyen despavoridos hacía atrás porque los espanta el oriente o porque los llama el occidente con la sensualidad del último sueño o el último banquete, no tienen derecho a que la multitud los siga en ese movimiento, principalmente porque es contradictorio de la vida, y además porque no todos comulgaron en el sueño ni participaron de la abundancia de los pasados mesones. La multitud no topó la Justicia frecuentemente en el camino; tiene derecho a verla en lontananza y a ir a su conquista. Y lo que fué con la Justicia pasó también con la Belleza y con el Bien: que jamás fueron para todos. Se trata de que sean; y los que añoran la caverna lejana lo harán acaso con muy buena intención; mas no son justos, ni buenos, ni agradables.”
(El Socialista, número 7237, de 17 de abril de 1932).