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Propaganda de la crisis


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Algún colega, no es preciso señalarlo, se ha erigido en propagandista de la crisis. Como otros afirman: «Es necesario que haya Estatuto», el colega en cuestión nos dice a diario: «Es preciso, que haya crisis». Sus trabajos en este sentido son particularmente laboriosos. Por su parte, y por la de sus amigos en el Parlamento, se ha hecho, en aquel sentido, cuanto se ha podido. Si no hacen más, es porque no se les alcanza. Han sido, en conjuras anteriores, preparados todos los recursos. La crisis no surgió. Tampoco surgió la crisis al plantearse el llamado problema de Cataluña. ¿Cuándo, pues? Sigue la propaganda. Todos los días dan un golpecito al tema. «Se habla de crisis». «Se supone que no tardará en presentarse la crisis». «Parece que hay fundamentos para sospechar una crisis inminente». Se hace, repetirnos, propaganda de la crisis corno puede hacerse de un especifico contra las dolencias del estómago. Después de todo, es una manera como otra cualquiera de entender la política y el patriotismo. No es, ciertamente, que el suceso nos sorprenda ni poco ni mucho. En cuanto al patriotismo de quienes do monopolizaban en otro tiempo, sabíamos, de antes, a qué atenernos. Todavía resuenan ciertas apelaciones a la unión sagrada, de las que, en su momento, hubimos de reírnos. El patriotismo en aquella sazón, venía a servir unos intereses dinásticos, incompatibles con el país. Lo de ahora es un poco distinto. Ya nuestra moneda está en La curva ascendente. Se ha iniciado, por otra parte, una favorable reacción en los mercados del dinero. El crédito, la famosa confianza, se iba, por sus pasos contados, restableciendo. Esta inesperada solidez de los valores españoles no podía continuar. Y para que no continuase, con sólo esa patriótica, intención, se inició la propaganda de la crisis, que equivalía a tanto como a gritar ante el extranjero; «Desconfiad. Temed a España. La crisis puede presentarse de un momento a otro, y sólo Dios sabe lo que puede pasar aquí.» La propaganda de la desconfianza continúa. Así es lícito interpretar esa constante alusión a la crisis. El propósito está más claro que el agua. Sólo los tontos pueden ser engañados. Los tontos o los que voluntariamente deseen engañarse.

Es inútil aludir a todas las razones por las cuales puede considerarse prematuro hablar de crisis. Los que la necesitan, siquiera sea para satisfacer unos pequeños rencores, no dan su brazo a torcer y continúan con su tonada. ¡Crisis! ¡Crisis! Ejercitad vuestra desconfianza. ¡Cuidado! Si sois forasteros, retened vuestro dinero; si sois connacionales, conservadlo a buen recaudo. Esto, lejos de estar seguro, ofrece más peligros que nunca. Este es el juego a que en la actualidad está entregado el colega a que de un modo especial aludimos. Por razones mucho menos fuertes acostumbra a imponerse sanciones durísimas. Nos interesa hacerlo notar para que se advierta hasta qué punto la República tolera, consiente, acepta la enemiga. Bien informados como están los periódicos entregados a este juego, saben que la crisis es, hoy por hoy, una posibilidad remota. Las maquinaciones de los adversarios de la República nada pueden contra ella. Tan no pueden nada, que sus campañas le son beneficiosas. Nada unirá tanto a los republicanos, y nunca los socialistas nos sentiremos tan enlazados a ellos, como cuando esa enemistad malévola de las derechas intente contrariar al régimen.

De estas derrotas cuidan de consolarse las derechas contribuyendo por su parte a impedir el total restablecimiento de la confianza. Repentinamente han tirado por la borda aquella monserga de la santa alianza. Si acaso, es otra para ellos la santa alianza de nuestros días. Es una alianza en la que pretenden implicar a los republicanos, por lo menos a los radicales, para acabar con la República. El juego, por demasiado pueril, no da resultados. Y en su vista, se contentan con esto de la crisis. «Viene la crisis.» «Espérese una crisis.» «Se descuentan determinadas dimisiones”. Siembra de alarmas se llama a eso. El que no consigan provocar la crisis no quiere decir, naturalmente, que no logren causar serios quebrantos al país. En los mercados del dinero esas alarmas se cotizan en contra de España y de las Empresas españolas. Conviene dejar constancia de este hecho para que sepamos a quién necesitamos agradecer determinados daños. En cuanto a la crisis, los que la desean no perderán nada con esperarla sentados. Habrá crisis cuando parlamentariamente tenga que haberle. Nunca cuando lo deseen los enemigos de la República.”

(El Socialista, número 7289, 17 de junio de 1932).

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