Los inconvenientes de la facilidad
- Escrito por Julián Zugazagoitia
- Publicado en Déjà Vu
Para estos tiempos de convulsos debates parlamentarios, sabias palabras de Zugazagoitia:
“La moral exigente quiere que el hombre de combate sólo se emplee en las empresas difíciles y costosas. ¿Qué mérito atribuiremos a las victorias sobre lo fácil? Empeñarse en empeños dificultosos es acreditar ante la vida coraje. Esto, que se ha repetido constantemente- y que no encuentro ocioso repetir-, me iba y venía por las mientes asistiendo al debate promovido en torno al pleito de las responsabilidades. Estamos obligados a producirnos con sinceridad, y la sinceridad ordena decir en este caso que la Cámara ha sufrido estas tardes el asedio de la vieja política. Y quienes así la ponían cerco no eran precisamente los viejos políticos, que no han dicho esta boca es mía, sino los jóvenes los que estaban más obligados a producirse de modo diferente. Resulta curioso que se compruebe la afirmación de un experimentado parlamentario, que nos aseguraba: «En cuanto a los jóvenes se los deja solos, se hacen viejos a escape» Y sí, en efecto, algo —o mucho — hay de esto. El joven se hace viejo. Acaso sea por la solera que tiene la Cámara, saturada, hasta con la argamasa de sus paredes, de un espíritu que costará algún trabajo desalojar de un modo definitivo. O acaso porque los jóvenes, sin darse cuenta, hayan traído de sus respectivas circunscripciones un anhelo, no bien precisado, de acreditarse como sus futuros representantes. «Si no le place la ocupación de parlamentario — hemos oído dictaminar —, ello se debe a que no ha conseguido calentar su asiento en el Congreso. Caliéntelo y hablaremos. Necesitará de estas labores como el corazón de la sangre para seguir trabajando.» Según esta teoría, generalmente aceptada en la casa, los jóvenes que nos han asediado estos días con sus posibilidades oratorias han calentado con exceso sus respectivos asientos. Bien estará que cuiden de conservar esa temperatura; pero mucho mejor resultará que eviten el que sea ella la que les dicte los momentos de intervenir.
Todos, aun los más modestos nos hemos acreditado como parlamentarios en la calle. La palabra nos ha fluido con la pasión necesaria para hacer concebir esperanzas de dominio más seguro sobre el idioma. Quizá andando el tiempo, y para muchos, esas posibilidades se realicen. Pero aun así, dominadores de la palabra, bueno será recordar que el talento oratorio no lo es todo, y, en último caso, que la Cámara no sea sala de ensayos y experimentos. Lo aconseja así, no nuestra fatiga; lo aconseja el precio de los problemas a que el Parlamento necesita dar cauce y dirección, Que se distraiga la Cántara, en razón de su fatiga, poco puede importar; que se fatigue la nación importa muchísimo. ¡Vaya si importa! Tanto importa, que para los que tenemos presentes los latidos de la conciencia nacional, la conducta está clara: recortar las ideas con toda precisión, de suerte que toda palabra que exceda de las indispensables resulte superflua. Rigor absoluto en la economía de los razonamientos y de las exposiciones. Supresión radical del adorno sentimental, que, en un momento como el actual español, no puede llamar a la emoción como lo hace la realidad. La curiosidad del caso es que se predica para convencidos. No hay un solo diputado de cuan. tos se sientan en la Cámara que no se halle bien percatado de esa necesidad. ¿Qué pasa? Pasa que el orador que todos arropamos con ilusión nos hace, a las primeras de cambio, una trastada y quiere a todo trance salir de su clausura y probar, de un modo jactancioso, que dentro de nosotros, haciendo el sacrificio de callarse, está él. En este momento quizá fuese prudente concertar una conjuración de diputados jóvenes y diputados viejos decididos, en holocausto de la eficacia, a hacer una degollina de oradores. Cargar de un modo implacable contra el cradorcete que nos quebranta la decisión de ser fieles al espíritu de nuestras horas: a la eficacia. Y la conjuración, para que sea válida y acarree provecho, hay que concertarla sobre la marcha, para una de estas noches, antes de que se entre en el debate de la Constitución.
Es por ahora el gran debate aquel en que con más impaciencia pretenderá manifestarse nuestro orador, ese subsconsciente, petulante y ridículo, que se propone superar la marca del orador vecino. La competencia, de establecerse, redundaría en daño para la ilusión central de España, que espera poder cantar, para una fecha inmediata, con su texto constitucional. Lo necesita para entrar en un régimen de normalidad. Para darse, en cuanto ello sea posible, a un trabajo fecundo de reconstrucción. Si la degollina porque propugnamos no se realiza a la autoridad del presidente de la Cámara le queda reservada la misión de realizarla. Sacrificio implacable de la fácil oratoria, que, por fácil, suele ser de muy menguada entidad. De tan menguada, que en ocasiones se invita a repetir conceptos que ya han sido sometidos a la consideración general. Acaso los parlamentarlos experimentados, con positiva voluntad republicana, podían economizar el espectáculo desolador que todo sacrificio proporciona sin más que exprimir en unas máximas su conocimiento de la vida parlamentaria. Juzgando por mí, yo las estimaría mucho, creo que tendrían un éxito cíe público. Cierto que nadie vive con la experiencia ajena; pero vivimos una época — el renacimiento de la biografía en términos desusados lo atestigua — en que la experiencia ajena nos moviliza la curiosidad. Y la curiosidad es, como bien se sabe, la puerta del conocimiento. Y, si encadenamos las conclusiones, llegaremos a ésta: a ser discretos. Y no creo ve que se necesite otra virtud para que las empresas parlamentarias tengan el ritmo que precisan. La dificultad está en llegar a serio. ¡Discreción! Esto es, sentido de la medida, concepto de la ponderación. Difícil, difícil... Pero volvemos al consejo de la moral exigente: sólo las empresas difíciles y costosas son dignas de ser acometidas por el varón esforzado. Y de lo que no podemos dudar, de lo que no tenemos derecho a dudar, es de que sean esforzados los jóvenes diputados que el país ha enviado a las Constituyentes.”
(Fuente: El Socialista, número 7032 de 23 de agosto de 1931).