Casa desolada por el coronavirus
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Si el mundo va mal era porque, quizá por distracción, nadie pretendió nunca que fuera bien» Casa desolada, Charles Dickens
En la casa desolada es donde vive Esther, la protagonista, huérfana abandonada y recogida por el dueño de la mansión que lleva años pleiteando en el caso Jarndyce contra Jarndyce, un proceso de generaciones que agoniza entre legajos en el tribunal (premonitoriamente kafkiano) de la cancillería londinense, que lleva años tragándose la vida y las posesiones materiales de las partes en disputa de manera inmisericorde, porque los pobres aquí no tienen manera de vencer.
Los personajes de Dickens provienen de familias disfuncionales, rotas, donde reina la pobreza y el desamor ̶ la denuncia eterna del autor ante el abandono y la irresponsabilidad que sufrió en su niñez, sus dos demonios biográficos ̶ cuya única manera de salir adelante, a pesar de la cuna y del entorno, es fabricarse otra vida, otra familia, otro círculo de amigos que favorezcan un ambiente de amor y redención. Una buena solución que deberíamos apuntarnos ante la indefensión y el ninguneo que son la formas supremas de la verdadera orfandad. Así, el Estado, que debería actuar como una casa acogedora, es una auténtica desolación pandémica. El Estado, que debería proteger de facto a los ciudadanos y sus derechos elementales a educación, sanidad, vivienda, trabajo y bienestar nos deja huérfanos, y ahora, además, aturdidos por una enfermedad que se lo está llevando todo.
El mundo da la razón a Dickens. De nuevo es la literatura la que nos muestra la fuerza de la palabra, y el ejemplo es el propio escritor, ya que con la crítica de Casa desolada logró que se revisara el sistema judicial de su país. Un libro bastó para girar la sociedad en la dirección adecuada. Nunca es tarde, aún estamos a tiempo. La otra gran enseñanza es que la comunidad es la nueva familia por la que podemos escapar al destino desolado que marcan estos tiempos de coronavirus y de carencias materiales y afectivas, porque necesitamos recuperar la manera compasiva de entender a los demás, la humanidad entre nosotros, si queremos ejercer con maestría la crítica de todo lo que no nos parezca ético: las enormes diferencias sociales, la vanidad de la clase política, la explotación de los humildes, la situación de los barrios marginales, la hipocresía paternalista, la lentitud, la vacuidad y el hermetismo del aparato judicial, las trabas a movimientos feministas e igualitarios, la burocracia, el individualismo exacerbado y una sensación de sálvese quien pueda que nos está desolando.
Todo ello sucede, además, sin una casa que nos cubra las vergüenzas, en un mundo de cristal en el que todo se expone y se ve. Cuando ese gran vidrio se rompa, el reflejo que devolverá será imágenes deformadas y desolación aumentada, marcada por una era de coronavirus que acabó con los paradigmas del mundo tal y como lo conocimos.
Pero podemos hacer que al retirar el cristal y eliminar los añicos todo se vea mejor, creando una familia superviviente a la manera de Dickens, una que tome las riendas por hecho y derecho y construya una morada a la medida del ser humano. Así, la casa desolada podrá cambiar de adjetivo y convertirse en hogar.
Y además, ya sabremos, por fin, quienes son los allegados.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.