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Ante una reforma militar


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Si bien es cierto que la reorganización militar se imponía como Uno de los postulados más urgentes de la nueva vida nacional, no por eso hemos de regatear el mérito que acompaña al ministro de la Guerra en el modo de acometerla y de llevarla a efecto.

La institución militar venía siendo una clase oligárquica en absoluto divorcio con el país. Además de absorber gran parte de nuestra economía, su preponderancia anulaba de tal modo los demás organismos nacionales, que llevaban una vida enteca y miserable sin posibilidad de cumplir su peculiar cometido. España constituía una especie de Estado ideal platoniano, en el que sólo contaban los custodios; los demás formábamos la grey laboriosa y los ilotas encargados de subvenir a su estéril existencia.

Para la familia militar, con su rey a la cabeza, España era un feudo. Lejos de ser el brazo de la patria, su servidora, se habla convertido en dueña despótica de su suelo y pobladores, ahogando toda noción de ciudadanía. A tal punto había arraigado en el pueblo esta supremacía del poder monárquico militar, que, al ser llamados a filas, los reclutas iban a «servir al rey» al rey y a los militares profesionales, haciendo el oficio de niñeras, limpiabotas, recaderos...

El ejército profesional estaba tan distanciado de las clases de tropa y del soldado como un encopetado patricio de su enjambre de esclavos. De aquí la profunda aversión que los hijos del pueblo tenían al servicio militar, al que consideraban como el deber más penoso de su vida; y el rencor latente que mantenían, después de emancipados de su odioso férula, a todos los jefes y oficiales y el temor subconsciente que las clases populares conservaban a las estrellas y entorchados. La carrera militar, que sus titulares llamaban «honrosa» por antonomasia, llegó a ser de esta guisa un plantel de señoritos holgazanes, galanteadores de niñas cursis, captadores de dotes, acobijo de «balas rasas» procedentes de las “buenas familias”; una clase, en fin, parasitaria, privilegiada e ineficiente para la defensa nacional. Con ella, en caso de apuro, era útil contar. Se repetiría la tragedia del 2 de mayo, en la que, mientras permanecía acuartelada, el pueblo generoso daba el pecho a la metralla francesa. O la de Animal, en que nuestras juventudes perecieron estúpidamente por exclusiva defección de las más altas figuras profesionales.

Percatado de esto, el señor Azaña se propone renovar el ejército desde sus mismos fundamentos hacerlo propiamente nacional, extraído de la entraña del pueblo, fundido con él, eficaz, respetada y amado por todos. A ello conducen cuantas reformas ha introducido en él desde que se encargó del ministerio, y que todo el país y los propios militares honrados y amantes de España han visto con agrado. A su labor admirable ha añadido ahora una disposición radicalmente democratizadora. Por ella desaparecen las Academias militares, a las que sólo podía tener acceso la gente adinerada, y de las que salían muchachos gomosos, enmollecidos por educación, con un bagaje muy escaso de teoría, pero sin pizca de pericia estratégica ni capacidad para soportar los rigores de la campaña.

Ahora el ingreso en el ejército se hará por las categorías más modestas, por las clases de tropa, mediante exámenes de aptitud en los que se compruebe su instrucción teórico-práctica. De este modo los profesionales de la milicia tendrán una verdadera vocación, y en vez de representar un oratorio antipopular como hasta ahora, serán una garantía eficaz para la defensa del país. Salido del pueblo y compenetrado con él, el ejército que ordena y el que obedece se mirarán como hermanos, y a todos los acompañará el afecto nacional que nunca tuvieron. El ministro de la Guerra merece bien de la patria por esta reforma que piensa implantar.”

(Fuente: El Socialista, número 6991, de 7 de julio de 1931).


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