Socialismo y elecciones norteamericanas
- Escrito por El Socialista
- Publicado en Déjà Vu
Pocos días faltan para que se verifiquen en los Estados Unidos las elecciones presidenciales. Como siempre sucede en estos casos, Norteamérica se debate en una fiebre alta. Los intereses en pugna luchan ya en las últimas batallas del acontecimiento, a las puertas de la desaparición del enigma. De hecho no existe a estas horas secreto para nadie. Todos los vaticinios coinciden en asegurar la victoria, probable desde un principio, del demócrata Roosevelt. La suerte, de escuchar autorizadas opiniones, está echada: los republicanos hacen ya sus maletas en la Casa Blanca. La candidatura demócrata, al decir del socialista yanqui Norman Thomas se impondrá por una mayoría aplastante. Hoover, el contrincante republicano, se ha dado a la propaganda, estos últimos días, con un brío codicioso de hombre que quiere reñir la pelea hasta el fin, aunque puede considerarse vencido. Cuando Roosevelt suspende sus discursos, comienza de nuevo Hoover. Acaso sea Hoover quien diga la última palabra. Pero no; la última palabra la dirá el elector. Y a pesar de la tenacidad de Hoover, todo el mundo cree saber ya cómo se producirá el censo. De Hoover se ha dicho, no ahora, sino hace dos meses: he ahí el vencido. Claro, ¡hay tantas circunstancias en favor de Roosevelt!
Tres, sobre todo, son decisivas: el hecho de que Hoover termina su mandato, los diez millones de obreros sin trabajo y el programa demócrata antiprohibicionista. El gobernante saliente, de modo especial en épocas de crisis, se halla, con respecto al gobernante que aspira a “entrar”, en plano de manifiesta inferioridad. Es lo que llama, hoy más frecuentemente que nunca, “gastado”. El paro forzoso, que en los Estados Unidos no está combatido desde el punto de vista de la situación del obrero, con ningún subsidio ni socorro, es otro motivo de fuerza de los que conspiran contra la candidatura republicana. Y, finalmente, la bandera abolicionista de la ley antialcohólica que despliega Roosevelt como argumento mayor ante los electores, no es razón de peso mezquino en la balanza de estas elecciones presidenciales.
Descubierto, pues, el desenlace, apenas si tiene interés, al menos para nosotros, llegar hasta el instante de la proclamación. Roosevelt, si ninguna reacción inesperada lo estorba, será el 8 de noviembre presidente de los Estados Unidos.
Lo interesante, una vez decidida la contienda entre republicanos y demócratas, estriba en observar cuál va a ser el comportamiento de las masas en relación con la candidatura socialista. El triunfo socialista, sin que por ello deje de ser triunfo, no llevará a ningún compañero norteamericano a la Casa Blanca. Todavía no están maduros los Estados Unidos para tamaño acontecimiento. Hemos de conformarnos, pues, con un éxito sobre los votos alcanzados por Norman Thomas en 1928. La victoria parece descartada. La candidatura socialista, que publica este año el nombre de Thomas, logrará unos millones de adhesiones más que los obtuvo hace cuatro años. De un millón, aproximadamente, pasará, según los cálculos de quienes han pulsado el censo, a los cuatro millones. Avances de esa proporción no son desdeñables. A paso corto ha de abrirse camino el Socialismo en Norteamérica. Por lo pronto, rompe la coraza. Penetrar es ya menos difícil. Con cuatro millones de votos, si se conquistas, el Socialismo norteamericano gana un estímulo que servirá -no tardaremos en verlo- de mucho. Acuciados por acicates más modestos, los compañeros yanquis se han mantenido bravamente en aquel desierto. El refuerzo que reciban el 8 de noviembre señalará una nueva era en el socialismo yanqui”.
(Fuente: El Socialista, número 7406)