La última jaqueca
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Cultura
Luis Bonafoux fue el cronista más irreverente, incisivo y temido de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sus artículos le valieron la persecución en Cuba, Puerto Rico, España, Francia e Inglaterra; además de duelos a pistola, peleas a bastonazos y juicios sin fin. Se consideraba discípulo de Émile Zola, fue dreyfusista enragé, acusó de plagio y otras cosas a Leopoldo Alas Clarín (Yo y el plagiario Clarín es una muestra de ello) y se las tuvo con Benito Pérez Galdós, dos intocables de la época. Quiso ser independiente y para ello fundó diversos periódicos independientes como El Español, El Heraldo, del que dijo: “Fue un periódico muy agradable para mí. Satisfice venganzas y expresé desprecios”. [Vilches 2015]. Pero Luis Bonafoux [Quintero 1855-1918) también fue el periodista español más brillante, admirado, seguido, odiado y temido de los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX.
Perseguido por sus escritos en Puerto Rico, Cuba, España, Francia e Inglaterra, viajó por medio mundo, Puerto Rico, La Habana, París, Madrid, Salamanca, Argelia, Roma, Marruecos, Berlín, Venecia, Reinosa, Londres, y escribió lo que vio. Afirma José Luis Cano (1990) que «sus crónicas provocaban escándalo, amenazas y duelos a pistola». Esta es una de sus curiosas descripciones escritas por él mismo, que aparece en la dedicatoria de Huellas literarias publicado en 1894.
“Un estacazo no es un argumento, pero noto con espanto que son muchas las gentes que quieren argumentarme en esa forma. Una estadística curiosa que he elaborado arroja los siguientes datos:
La disputa con Clarín duró casi toda su vida, pero no solo con el escritor de Oviedo. La gran polémica llegó cuando publicó en El Español, en abril de 1887, Novelistas tontos, y Clarín, folletista. Clarín era mordaz y despiadado, pero encontró en Bonafoux, quien se enteró que el novelista vetaba sus artículos, el contrapunto que le sacó de quicio, [Vilches 2015]. Escribió entre otras cosas que era el “novelista más insustancial y el más grande de los tontos en prosa naturalista”, que escribía libros de “más de 1.000 páginas, sin que pase en toda ella nada de particular y grave”. Algo de razón ¿tendrá? Se preguntarán algunas generaciones de jóvenes. Bonafoux se confrontó además con muchos de sus compatriotas y merece la pena poner atención en su punto de vista, que no fue otro que el de un intelectual fuera de España, y afrancesado en educación. También hay que admitir que desde fuera se ven errores que no se ven dentro y él cansado de mujeriegos como Galdós y estafadores como Clarín que impedían la entrada de otros escritores, se había enervado como cada hijo de vecino.
La reconciliación fue imposible con Clarín. Si uno comparaba al asturiano con Larra, iba Bonafoux y contestaba que solo se parecería a Fígaro si se suicidaba, y cuando aquel murió escribió: “Quiero ser el primero en celebrar la muerte de Clarín” (El Heraldo de París, 22.VI.1901). Pero fue la última controversia de El Español. La financiación de los antillanos desapareció en 1887. Bonafoux quedó de nuevo sin sus pecunios armeros directos a la artillería. Recopiló sus artículos y los publicó con el título de Literatura de Bonafoux (1888), que se unieron a Ultramarinos (1882) y Mosquetazos de Aramis (1885), donde se pueden leer sus textos de El Español. Especialmente recomendable su texto: Los españoles en París. Sociedad de Ediciones Louis Michaud, 1912.
No acabó ahí la vida de Bonafoux. Fue quien dio a conocer en España el affaire Dreyfus siendo corresponsal en París de El Heraldo de Madrid. Censuró el papel de la Iglesia en la insurrección de las Filipinas, con unos artículos que luego recogió en Clericanalla (1910), uno de sus veinticinco libros y un texto digno de recordar hoy.
La última jaqueca escrita por el insigne periodista recoge con precisión y frescura la idea que de Galdós tenía Bonafoux. Reproduzco el texto que no tiene desperdicio y siempre debemos leer los autores de primera mano. Pero hubo más.
Es triste...; se anuncia un acontecimiento que me hace prorrumpir en lágrimas y sollozos: la aparición de una novela de Pérez Galdós. Yo, que no deseo el menor de los daños a mi mayor enemigo, pido a Dios, hace ya tiempo, ¡la muerte de Galdós. ¡Qué pena tan grande! Pero el Sr. Pérez Galdós tiene el deber de morirse en seguida, aunque sea suicidándose con una limonada purgante de ácido fénico, para que vivan a gusto los Episodios Nacionales, Doña Perfecta, Gloria y Marianela... quitando a ésta lo que haya que quitar.
Literariamente, como novelista, Pérez Galdós es un asesinado por Zola. Las últimas novelas del insigne isleño, novelas que tienen todos los defectos y ninguna de las virtudes del maestro, son insoportables. Pero hay algo muy grave en esas obras: hipnotizado por Zola, víctima de la incurable dolencia que podría llamarse obsesión del genio, Pérez Galdós ha perdido la originalidad de su temperamento y es actualmente un sectario más del autor de los Rougon...
Hay algo más grave todavía... En esa inaguantable serie de tipos que hablan el mismo lenguaje rufianesco, Pérez Galdós incurre frecuentemente en plagios de los libros del genio; las descripciones están copiadas del natural... de Zola; los caracteres son de extranjis. La Leré, sin ir más lejos, que allá en su alcoba resulta hembra antes que santa, y a quien atormenta la morbidez de su hermoso seno, etcétera, etcétera es la Paulina, virgen, que se contempla mujer antes que mártir, y comprende, en La Alegría de vivir, que nació para ser fecundada...
¿Qué diferencia, sin embargo, en el modo de dibujar y sostener los caracteres! Zola, en La Alegría de vivir, es, como siempre, genio. Galdós, en Ángel Guerra, apenas se llama Pérez...Consuélese D. Benito: el curita de Los Pazos de Ulloa es, al revés, el protagonista de El Vientre de París, y así sucesivamente.
Interrogado Zola acerca de los novelistas españoles, contestó que no los conocía. Conoce y admira, según dijo, a monsieur, Oller; pero Oller es catalán; y de los que van diariamente a esperar en la Rambla el correo de España, que es el de Castilla...
No, no hay novelistas, si se exceptúa al Padre Coloma, cuyas Pequeñeces, con procedimientos naturalistas, pero sin plagios, es la mejor novela española. La Pardo... la señora Pardo Bazán tiene buenas dotes, pero no ha hecho, ni hará probablemente, una novela cumplida; Palacio Valdés, que es a mi juicio el más notable de los escritores jóvenes todavía, con mucha ternura del corazón y con mucho humorismo del carácter, tiene en sus obras capítulos bellísimos, brillantes, a veces tiernos, con frecuencia chistosos; pero no es aún, a despecho de tan excepcionales condiciones, lo que tiene derecho y obligación de ser como novelista; Pereda, el amanerado Pereda, es, como novelista, insoportable; Alarcón ha muerto, y no haya miedo de que resucite, a pesar de El sombrero de tres picos, que es una joya, pero no una novela.
A los demás novelistas les irán enterrando poco a poco; y a Galdós el primero, porque no muere de muerte natural, sino violentamente y a mano airada de Zola. Cumpliendo la postrera voluntad de un pensador ilustre, Salmerón echó en la fosa el último libro que había escrito aquel, amigo suyo. Esta -dijo -es la obra que estaba escribiendo... Si yo tuviera la autoridad del Sr. Salmerón, y si el Sr. Pérez Galdós estuviera, como debía estar, en el depósito de cadáveres..., enterraría con él su anunciada novela, sin leerla, diciendo a los espectadores: -Esta es la última jaqueca que el Sr. Pérez Galdós pensaba dar a sus lectores...
Pero donde Galdós recibió de la parte de Bonafoux el gran batacazo, una grave ofensa fue cuando estrenó Alma y vida en 1902 justamente un año después del exitazo de Electra. Este lo justificaba por haberle quitado su acta de diputado por Puerto Rico. Bonafoux publicó el 5 de abril un artículo en El Heraldo de París, con el título «El anticlericalismo de Galdós o la Concha Ruth Morell» que decía entre otras cosas: «el Sr. Pérez Galdós [...] sedujo a la señorita doña Concepción Ruth Morell y la hizo su querida durante muchos años, en pago de lo cual la ha abandonado, siendo la última etapa del concubinato un hotel de la rue Cambon, en donde vivió con ella, bien que en cuartos separados, porque este hipocritón mira mucho el qué dirán». Cuando Don Benito se enteró tuvo un disgusto enorme, pero no todo iban a ser parabienes. Algunos andaban detrás de la vida privada de Galdós y de vez en cuando oreaban sus escarceos de solterón y otros asuntos.
Recordemos que el doctor Marañón llegó a escribir que Galdós en sus choques con la realidad «hartos se los buscaba el escritor fuera de casa». Quede aquí esta divertida descripción del héroe Galdós que para muchos -hoy también- no lo ha sido tanto. Lo dice su viuda.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.