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Las uvas de la ira germinan con el coronavirus


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, […] listas para la vendimia». John Steinbeck, Las uvas de la ira.

La sequía se lo ha llevado todo, también la dignidad y la capacidad de supervivencia de las familias. La sequía de Steinbeck se ha transmutado hoy en la falta de medios para producir trabajo y vivir de él con dignidad, tantos ERTES e historias de carencias y penurias como hace 90 años. Parece que andemos en un perpetuo repetir advenimientos e historias y que la ruta 66 vuelve a ser testigo de esquivas esperanzas y lejanas promesas incumplidas. Y observando e interviniendo tenemos al Gobierno, el mismo que promete cuidar y defender a los más desfavorecidos, pero que está desbordado por las circunstancias y su propio diletantismo paternalista. Estamos en una situación en la que no podemos elegir y cuando no se puede hacer otra cosa, cuando estamos abocados a aceptar lo inaceptable, solo queda caminar hacia delante. Sea como fuere y al precio que sea. Ya estás contra la pared, no puedes retroceder más, así que es momento de extender los brazos, y empujar y empujar para que vuelvas a tener espacio por donde tomar aire y avanzar.

Así que, como la familia Joad, volvemos a ser nómadas a nuestro pesar, peregrinos y pobres eternos como ellos, que no tienen manera de ganarse honradamente la vida, condenados al hambre y la miseria por un mendrugo de pan que les mantenga de pie justo el tiempo de seguir siendo oprimidos por los que más tienen; sin embargo, entre los desposeídos siempre reina la solidaridad y lo vemos cada día en nosotros, cuando comprobamos la delgada línea entre el hambre y la ira, entre la justicia social y la decencia humana, cuando nos levantamos cada mañana y no nos sentimos «más que un dolor cubierto de piel»; en esos momentos precisos en los que agarramos con rabia lo que aún queda de nuestra dignidad y decidimos apoyarnos los unos en los otros para intentar construir un puente virtual que vaya de orilla a orilla en esta aldea global seca, aislada y desolada. Parece que nos haya pasado un tractor por encima, ese que debería haber servido para arar la tierra y no las almas.

A pesar de todo, sé que volvemos a luchar codo con codo, que nos levantaremos y sobreviremos, paradójicamente, a la era de mayor igualdad y riqueza que ha vivido la humanidad. Porque no quiero tener que volver a ver amamantar a un hombre adulto agonizando de hambre. Tampoco quiero estrechar a ningún ser recién nacido y ya muerto. Ni quiero que mi copa de vino esté hecha de uvas cosechadas con la ira roja del dolor ajeno. Porque no nos lo merecemos después de tanto bregar y remar a una. Y porque no es esta la imagen que quiero tener en mi retina cuando me venza el cansancio por la lucha de vivir.

Cada vez que abra los ojos quiero alimentarme de esperanza a la vista de los nuevos sarmientos que pintan el paisaje del porvenir al que nunca deberíamos llamar nueva normalidad sino normalidad a secas. 

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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