Meleagro y la caza del jabalí de Calidón
- Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
- Publicado en Cultura
Eneo, rey de Calidón, se casó con Altea, hija de Testio, y del feliz matrimonio nacieron numerosos hijos varones, entre los que destacaron Meleagro y Toxeo, y dos hijas notables, Deyanira, la segunda esposa de Heracles, y Gorge, que se casó con Andremón, el sucesor de Eneo en el trono.
Mas, según narran los antiguos poetas, sucedió que, poco tiempo después del alumbramiento de Meleagro, exactamente al séptimo día, el señalado para nombrar al recién nacido, de súbito se presentaron ante la madre las tres Moiras con la intención de vaticinar el ineludible destino que aguardaba al niño.
Cloto le dijo que sería de espíritu noble, Láquesis que tendría un corazón valiente y Átropo, que hasta entonces había guardado un insufrible silencio, tras contemplar en la llama del hogar un leño que ardía brillante, afirmó inmutable: “el niño vivirá tanto tiempo cuanto tarde aquel tizón en consumirse”.
Pronunciadas tales palabras, las hijas de la Noche se desvanecieron como humo liviano disipado por el soplo de una brisa temprana.
Entonces la madre, levantándose presurosa del lecho, apartó el fatídico madero de la hoguera y corrió a esconderlo en un recóndito arcón a fin de que no fuera jamás devorado por las inclementes fauces del fuego.
Y este hecho permaneció así en secreto, pues aquélla no reveló nunca a nadie lo que aquel día hubo acontecido.
En su juventud Meleagro participó en la famosa expedición de Jasón y los Argonautas a la Cólquide, la tierra donde se encontraba el fabuloso Vellocino de Oro.
Pero, dado que el príncipe era poco más que un adolescente en esa época, su padre Eneo tomó la decisión de que lo acompañaran sus tíos maternos Ificlo y Laocoonte.
Con todo, se cuenta que, frente a los innúmeros peligros y dificultades a los que tuvieron que enfrentarse los héroes durante la expedición, la valentía mostrada por el joven Meleagro sólo se pudo comparar con la de Heracles, quien también era miembro de la tripulación de la Arego, la nave cantada por todos los vates.
Mas no será hasta años más tarde, después del regreso de Meleagro a su reino, cuando el joven príncipe participa en su gesta más renombrada, la caza del jabalí de Calidón.
Cuando Eneo estaba ofreciendo un sacrificio a los dioses en agradecimiento por las buenas cosechas del año, éste se olvidó de Ártemis, la diosa de la caza y de los bosques, quien, encolerizada por tamaño descuido, envió como castigo un jabalí de dimensiones y ferocidad sin igual contra aquellas tierras.
El monstruo destrozó los cultivos, mató el ganado y a todos los desdichados que se pusieron en su camino, y aunque Eneo intentó aplacar a Ártemis mediante sacrificios de cabras y vacas de pelo rojizo, la diosa no cedió en su cólera.
Ante lo desesperado de la situación, y viendo que su pueblo tenía que refugiarse dentro de las murallas y empezaba a morir de hambre, el rey decidió convocar a los principales héroes de toda Grecia para anunciar que entregaría la piel y los grandes colmillos de la bestia como premio de honor a quien primero consiguiera darle muerte.
Puesto que el rey era ya demasiado anciano para participar en la cacería, Meleagro se puso al mando del grupo. Entre los héroes que respondieron a la llamada se encontraban Jasón y un grupo de sus Argonautas, Teseo y su amigo Pirítoo, Peleo y su hermano Telamón, Anceo y Cefeo de Arcadia, Idas y Linceo de Mesenia, Cástor y Pólux de Esparta, los hijos de Zeus y Leda, Admeto y Euritión de Tesalia y el adivino Anfiarao, de la familia real de Argos. Y, finalmente, desde Arcadia, se unió a los héroes una extraordinaria mujer, Atalanta, la célebre cazadora que había sido criada en el monte
Partenio por la mismísima Ártemis y que, en agradecimiento, había consagrado su vida a la diosa.
Una vez reunidos, el rey agasajó a sus invitados durante nueve días y, al décimo, los cazadores partieron con sus perros hacia los bosques del monte Calidón, no sin que antes algunos de ellos manifestaran su enojo ante la presencia de una mujer en el grupo. Pero Meleagro, que entretanto se había enamorado de Atalanta, defendió con ardor a la joven, alabando su valor y experiencia con una vehemencia tal que consiguió persuadir incluso a los más descontentos.
La batida se prolongó por espacio de seis días y, durante la misma, algunos cazadores resultaron heridos y otros murieron accidentalmente a manos de sus compañeros o por las celadas del astuto jabalí.
Cuando por fin consiguieron acorralar a la presa en un profundo valle del monte, la fiera se revolvió contra sus perseguidores y despedazó, entre otros muchos, a Agelao, el hermano favorito de Meleagro.
Mientras la Confusión y la Ofuscación, hijas gemelas de Eris, se enseñoreaban de la partida de caza, Atalanta, conservando su sangre fría, fue la primera en herir al animal al acertarle con una flecha en el lomo, Anfiarao le clavó a continuación otra en el ojo y Meleagro acabó con su vida clavándole su lanza en un flanco.
Conforme a lo acordado, el trofeo de la victoria le correspondía ciertamente a Meleagro, pero éste, seducido por la belleza de la joven, decidió entonces renunciar al honor y ofrecer los despojos del jabalí a Atalanta, alegando ante todos que era ella la que merecía, en verdad, el premio por haber sido la primera en herir a la fiera.
Este gesto, sin embrago, provocó sin pretenderlo una disputa con sus tíos maternos, pues ambos protestaron argumentando que, en caso de que su sobrino no quisiera quedarse con la piel y los colmillos, era a ellos a quienes les correspondía el premio por su parentesco y, en ningún caso, a una mujer extranjera.
Y no satisfechos con esto, se acercaron furiosos a la cazadora, le arrancaron de las manos los codiciados despojos y se alejaron del grupo en busca de sus caballos. Al ver lo sucedido, Meleagro desenvainó su espada y, ante los asombrados ojos del grupo, dio muerte a sus tíos mientras los maldecía por su vil cobardía.
Cuando a Altea le llegó la noticia de la muerte de sus hermanos, maldijo a su propio hijo y, sin prestar oídos a nadie, ni siquiera a las suplicas de Cleopatra, la esposa de Meleagro, se dirigió a la sala donde antaño había escondido el cofre con el antiguo tizón, tomó el leño entre sus manos y lo arrojó al fuego con ira.
Y así, tal y como había sido anunciado por la Moira fatal, en el preciso instante en que aquel viejo tronco desapareció consumido por las llamas, el joven héroe cayó muerto ante sus familiares y amigos.
Al contemplar la muerte de su primogénito, Altea volvió en sí y, horrorizada por el crimen perpretado, se apresuró hacia sus aposentos y, allí mismo, se ahorcó de una viga del entramado del techo presa de los insufribles remordimientos.
Cleopatra no corrió mejor suerte, pues incapaz de superar la pérdida de su esposo, arrodillada como estaba ante el cadáver de aquél, tomó la espada de Meleagro y, entre lágrimas, se la clavó con fuerza en el pecho.
Ante la luctuosa visión, las hermanas de Meleagro lloraron tan desconsoladamente su infortunio que, al cabo de un tiempo, Ártemis se apiadó de ellas y transformó a las apenadas jóvenes en veloces pintadas, aves conocidas, desde entonces, por el nombre de Meleágrides.
Tan sólo dos, a ruegos de Dionisos, pudieron conservar su naturaleza humana, Deyanira, la futura esposa de Heracles, y Gorge, quien tomó por esposo al noble Andremón y fue madre del ínclito Toante, quien lideró un contingente en la Guerra de Troya y tomó parte activa en la toma de la sagrada ciudad escondido, junto con otros fieles compañeros, en el afamado caballo de madera.
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