Los suspiros profundos de Quincey
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Puedo mirar a la muerte, ya de frente y sin estremecerme, porque sé qué es la vida humana»
Suspiria de profundis, 1845, Thomas de Quincey
He aquí la segunda parte autobiográfica tras las Confesiones de un inglés comedor de opio que sigue la línea onírica, un tanto ácrata de los artistas románticos-decadentistas de la época, no solo en la estética, sino en la propia vivencia y estilo de vida. Suspiria de profundis es una obra inacabada compuesta por una colección de ensayos poéticos envueltos en alucinaciones por la droga de moda, el opio, que establece una moderna comparación entre el mundo espiritual y el real a través del canal de los sueños para entender, o quizá madurar, las experiencias de una infancia semienterrada y esos momentos de recuerdos adulterados por la memoria y el paso del tiempo. En una época en la que tomar alucinógenos era abrir puertas al inconsciente y algo más habitual de lo que nos han contado, las largas pipas de opio trasformaban el humo que expelían en ensoñaciones difusas. Pero si se utilizan no para huir, sino para recordar, para aprehender esas volutas, entonces se convierten en materia literaria. Mas allá de la reprobación social a su consumo y de los daños físicos que provocan, las drogas se han utilizado desde siempre como portales para conectar con el subconsciente y poder para, de alguna manera, atisbar, reconocer, indagar e intuir más allá de este mundo tridimensional. Así creo debe entenderse este uso en el arte, e incluso en las aproximaciones psicológicas y otras ciencias que también utilizan estos métodos, aunque no te lo digan. Quincey sí. Y lo utiliza para saber, para transformar en realidades lo soñado y que el sueño de la razón produzca monstruos. Los profundos pensamientos filosóficos de los alemanes que tanto admiraba se fundían con los parajes de los lagos escoceses dejándole atrapado entre ambas aguas: la razón y la sinrazón por la puerta de los sueños. Una gran dicotomía de la que no se salva nadie, y cuyo precio es quedarse en un estado de alucinación permanente en el que la vigilia se confunde una y otra vez con esos monstruos que engendra la alteración de los sentidos. Él escribía bajo los efectos de la droga, escarbaba en ella conscientemente, pagando el precio de que su vida ya fuera una perpetua vigilia ensoñada. Su intención estética también es profunda, porque para poder hacer inteligibles las alucinaciones y devolver a las imágenes su esencia pura y dura, tienes que ser un genio. Por eso, sus suspiros son, en sus propias palabras, como unidades formales de música verbal, lo que le permite tocar todos los temas, saltar entre ellos y acercarse, desde una multiplicidad de planos y referencias, a una verdad distinta, quizá subyacente, la suya, pero partiendo siempre de otra real, sin detenerse en la reflexión de lo que es propio decir o no, pensando en voz alta y siguiendo los movimientos del humo y de las apariciones.
Y esto es lo que hace que Suspiria de profundis no sean meros textos de un intoxicado, sino puertas de una belleza y de un poder literario abrumadores.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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