Historia de una ludopatía
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«¡No importa! Quien teme al lobo no va al bosque. Bien, ¿hemos perdido?
¡Pues vuelve a jugar!»
El jugador, 1866, Fiódor Dovstoievski.
Todo pasa en Rouletenburgo (en realidad Wiesbaden), la ciudad de la ruleta, como no podía ser de otra manera. Aleksei Ivanóvich, el protagonista, cae por amor en la rueda de la (mala)fortuna y terminará convirtiéndose en un ludópata irredento, en el ambiente aparentemente fino y aristocrático de esta tranquila ciudad predecesora de los democráticos salones de juegos repartidos en cada esquina de los barrios actuales, donde encontramos lo más selecto y abyecto de la sociedad hermanada por el vicio de jugárselo todo. Sin embargo, Alekséi cae en él por amor, incluso por servidumbre, porque le promete a Polina hacer todo lo que ella le ordene. Y lo primero que esta le pide es que se juegue los cuartos. Amor y dinero, una combinación peligrosa, porque ambos, en este y muchos casos, van y vienen en una sola dirección: la de él, es convertirse primero en un pelele enamorado y luego en un jugador sin salvación. Es la descripción perfecta de la caída en picado hacia la destrucción, es la fiebre y la locura marcadas al ritmo del círculo que traza la ruleta en movimiento, una auténtica rueda de la fortuna para unos pocos y de la desgracia completa para otros. En todo caso, lo único importante, la droga en vena, es apostar.
El problema es que dejar la solución de todo en manos del azar es muy peligroso. Porque acaba con el libre albedrío, las relaciones, las familias, la dignidad y los ingresos necesarios para vivir de cualquiera. Los ludópatas son enfermos, mienten, eres su moneda en la ranura, y te la jugarán para seguir apostando. Pero olvidan que la banca siempre gana.
De Dostoievski me gusta toda su obra, pero escogí esta por su contenido autobiográfico, porque él también cayó en los brazos del juego. Escribió esta novela en 26 días, acuciado por pagar las deudas que tenía y para que por condición pactada con su editor este no se quedara con los derechos de todas sus obras. Es el reflejo febril de su vida en esos momentos y de su constante angustia económica. Muy influenciado por el Romanticismo alemán, pronto se pasó al socialismo utópico, lo que le valdría su condena a muerte por el zar Nicolás I, cambiada en el mismo pelotón de fusilamiento por una pena de cinco años en Siberia. Sería liberado y perdonado años después, por suerte para la literatura universal. Después, como cristiano ortodoxo, se convertiría en un crítico del nihilismo y del socialismo que predicó, acercándose al paneslavismo como identidad sociocultural. Es importante destacar que contraponía su cristianismo ortodoxo al de la iglesia católica occidental, porque consideraba que esta no concordaba con las ideas rusas, ni con su pueblo, a pesar de su profundo pacifismo y reconocimiento de la buena influencia de las corrientes europeas.
Parece ser que mirar al este como una amenaza, como alguien que no te entiende, sigue siendo la tónica dominante. Y de aquellas aguas, estos lodos.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.