El proceso de “inundación” informativa, tóxica e incongruente, al que nos referíamos en un artículo anterior, continúa desde la Administración de Estados Unidos. El mundo se está dividiendo cada vez más en bloques geopolíticos que, sobre todo desde las iniciativas de Trump, se intenta que se segmenten, anulando así las aperturas comerciales. Un ultranacionalismo económico que ignora la historia económica más reciente y sus consecuencias al adoptar esa hoja de ruta. Trump y su equipo actúan desde una óptica mercantilista, en el sentido de observar las balanzas comerciales de Estados Unidos con el resto del mundo y tratar de reequilibrarlas o de obtener superávits. Con intromisiones inaceptables en todos los países. Sin negociar: solo con imponer. No sabemos quién o quiénes asesoran al presidente norteamericano en el terreno de la economía; pero sean quienes sean denotan una ignorancia supina o, lo que es también letal, una perversión intencionada con tales propuestas. Parecen olvidar un tema básico, real, objetivo: que muchas empresas de Estados Unidos han deslocalizado todo o parte de sus procesos productivos, buscando salarios más bajos o costes jurídicos y ambientales menores. Y eso ha supuesto, entre otros factores relevantes, un gradual proceso de desindustrialización en Estados Unidos, y su orientación a una economía de servicios cada vez más intensa: casi el 80% del PIB del país son servicios de todo tipo, si bien en estos casos se impone discriminar de qué tipo de servicios estamos hablando. Los servicios suelen ser un inmenso cajón de sastre, cuyo análisis desagregado debe priorizarse desde la ciencia económica.