Mentirosos ComPPulsivos
No todo el que miente es un mentiroso compulsivo. Las mentirijillas piadosas, o aquellas que decimos para salir de un marrón, nada tienen que ver con la compulsión de faltar a la verdad.
- Publicado en Opinión
No todo el que miente es un mentiroso compulsivo. Las mentirijillas piadosas, o aquellas que decimos para salir de un marrón, nada tienen que ver con la compulsión de faltar a la verdad.
En los últimos meses nos hemos habituado a escuchar y leer pronósticos más o menos fundados sobre cómo creemos que habrá de ser el futuro de nuestras sociedades tras el estallido de la pandemia del coronavirus. Es un ejercicio sano, que habla más de las carencias del presente que de la realidad del futuro, y que alcanza a todos los aspectos de nuestra existencia: desde los relacionados con nuestra forma de vivir en familia, hasta el modo en que trabajamos y nos conducimos como ciudadanos de países democráticos. Dentro de esas reconsideraciones están y habrán de estar las instituciones, que han vivido estos meses como si de un test de estrés se tratara, el cual ha revelado carencias pero, también, una fortaleza inusitada por la que debemos felicitarnos.
Los servicios secretos de Estados Unidos estaban interesados en los acontecimientos políticos y sociales de España y que pudieran tener repercusión en el exterior. En los años ochenta, éramos un valioso aliado. En 1984, la CIA se preocupó por uno de los episodios más oscuros de nuestra historia; investigó a los GAL, sus antecedentes y las actividades contraterroristas. La historia llega a nuestros días sin clarificar.
Todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.
En estos días se han cumplido diez años desde que nos abandonó una de las grandes personas de estos tiempos, porque José Saramago era un gran escritor y una gran persona, un ciudadano, como le gustaba llamarse. Un ciudadano ejemplar, deberíamos decir. Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar.
Hace unas semanas George Floyd fue asesinado por la policía de Mineápolis. Aunque parezca mentira no es un hecho insólito, un error o un fallo personal o del sistema, la policía mata todos los años a cientos de negros sin que los jueces muestren un interés singular por el delito: En 2019 las fuerzas del orden establecido mataron a 1.100 personas, de las cuales 800 eran negras. Es como una costumbre, como lo fue matar indios hasta el delirio, como lo es encarcelar, torturar y matar a hispanos, como lo es explotar a los trabajadores, enjaular a niños migrantes o arrasar países que están a miles de kilómetros alegando que eso es bueno para la seguridad nacional.
Más allá del análisis en corto, importante pero insuficiente ante los retos, de si se ha gestionado más o menos bien la pandemia, aquí y allá, si este u otro líder, partido, lo ha hecho mejor que lo hubiera hecho otro, o tal científico acierta y el otro experto sanitario no, en este inflamado panorama súper hinchado de información pero mal informado donde bulos se confunden con verdad y maniobras goebbelianas con eficacia… Más allá está en nuestras manos ciudadanas, de pueblo, empoderarnos y hacer una aportación definitoria, definitiva, sin miedos, sin sugestiones, sin entrar ciegos y serviles en esa era de la obediencia que tan bien retrata la premonitoria película Isla de perros.
Cuando los insignificantes hablan de gobierno ilegítimo, es que no piensan en grande. En el fondo, no piensan en la capacidad de los ciudadanos en movilizarse para cambiar las cosas. Cuando la gente percibe que los insignificantes no creen en ella… esa gente no cree en esos dirigentes. Y los insignificantes se reúnen. Y creen que pueden ser mayoría. Y creen hacer Historia. Pero no aceptan que en una elección todas las papeletas valen igual. Los votos valen igual. La insignificancia no confía en la capacidad de las personas para elegir. Para moverse hacia el encuentro con la Historia. No estiman a los ciudadanos. En el fondo los desprecian. Los insignificantes se tornan violentos desde una impunidad diseñada. Pero son cobardes frente a la Justicia realmente democrática. Los insignificantes se creen inviolables.
Que los datos fatales van mejorando es un hecho. Y lo escribo mientras se conoce que las cifras vuelven a aumentar, en comparación a los contagios reportados el martes.
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