Coincido con Vila Matas en que París no se acaba nunca. ¿Cómo había de terminarse lo que nunca empieza? No hay turista que llegue por primera vez a París: cuando aterrizas lo haces cargando con el peso de una leyenda. Eso suele suceder también con otras ciudades, pero en el caso de París el bosque de la literatura apenas nos deja ver los árboles de las avenidas, el hierro de la gran torre o el agua turbia del Sena. La primera vez que llegué a París iba borracho de libros y afanoso de sensaciones; las colmé con creces, porque París es una ciudad que da más de lo que uno imagina. Después, he regresado media docena de veces, más viejo cada vez, y más cansado, menos dotado para la imaginación y más docto en escepticismo, pero hace tiempo que comprendí que París no se me acabaría nunca, porque nunca llegaré a entender la razón última de su hechizo. El fundamento de esa mirada enamorada que desafía el tiempo está más en mí que en la propia capital francesa. Con todo, rechazo la impostura de decir que la última vez me fascinó tanto como la primera, porque eso me recuerda a quienes afirman que treinta años después viven una relación amorosa tan apasionadamente como en los primeros días del romance.