Desde la intervención rusa en Georgia en 2008, si no antes, se suele utilizar el moto ‘guerra fría’ cada vez que ha habido picos de tensión entre el Kremlin y la OTAN. O entre la Casa Blanca y Pekín, a cuenta de Taiwan, del pulso por el control de mares y rutas del Extremo Oriente o de las disputas comerciales. Pero desde la crisis de Crimea, en 2014, y, por supuesto, desde la invasión de Ucrania, hace dos años, la intermitencia se ha convertido en permanencia. Esta ‘guerra de fría’ del siglo XXI ya no es ocasional o coyuntural. Es estructural y definitoria de las relaciones entre el Este y el Oeste. Y, si bien en forma distinta a la anterior ‘guerra fría’, condiciona también los vínculos entre el Norte y el Sur.