Nuestros patriotas más cualificados son muy especiales. Casi tanto como algunos de nuestros abogados del Estado. Los primeros, sobre todo cantantes y financieros, aman tanto a España que se van a Miami, a las islas Vírgenes o Amsterdam para sumirse allí en la nostalgia patriótica y, de paso, evadir impuestos. En plata, para impedir que haya seguridad social, sanidad pública, educación gratuita, regulación democrática de la actividad económica… pero, aquí alardean de haber sido los mentores de la Marca España. Como si España fuera una marca más. Incluso, se miran, ufanos, la pulserita rojigualda. Los segundos, en su día sesudos opositores a la abogacía estatal, o bien desembarcan en la vida política, siempre por la derecha, con los resultados consabidos dada su escasa familiaridad con conductas democráticas (Macarena Olona, Edmundo Bal, María Dolores de Cospedal, Miguel Arias Cañete…); o bien, si permanecen en sus puestos como letrados, raramente se les ha visto parar los pies, con las leyes en la mano, a la voracidad de aquellos grandes evasores, tan patriotas ellos. Son la otra cara de la moneda. Unos son la acción; los otros, la omisión.