La aristocracia en crisis
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“Un nuevo dolor económico. Insospechado por nosotros. Dolor particular, esto es, dolor de segunda categoría, que hace a los abnegados guardarse su dolor—la íntima conciencia de que el dolor de un hombre está después que el de la Humanidad—, y a los altruistas sacrificarse por los demás.
Esto es un poco sutil para los privilegiados, de la Historia; para los que han constituido clases privilegiadas y ahora son capaces y todo de negar la lucha de clases, o de decir que tiene arreglo con paciencia y caridad cristiana... Aquí del joven disoluto, que creó para el arte un fraile de la Merced y hacia aquella estima de las sanciones de ultratumba: «Tan largo me lo fiáis!» Mí puede decirse de la solución cristiana a las injusticias sociales: «¡Tan largo me lo fiáis!» Y al fiado, completamente. al fiado, y tan a gusto, vive el capitalismo al socaire de le Iglesia. El timo de la esperanza es la garantía mayor de la injusticia. Recobremos el hilo.
Las circunstancias económicas actuales no sun propicias para nadie. Aceptemos lo absoluto de la afirmación, por más que las afirmaciones absolutas suelen ser peligrosas. Pero, en fin, adelante. El caso es que la aristocracia inglesa marcha mal. Ir mal la aristocracia en Inglaterra será, lo más, no marchar bien del todo. En un solo año, contado hasta la fecha, más de setecientos castillos can sus colecciones de cuadros y bibliotecas, han sido puestos en venta... ¿Y qué? Hay un dicho vulgar, un poquito egoísta dentro de la conformidad: «¡Dichosos bienes que remedian los males!» Seguramente, sin salir de Inglaterra, la crisis económica habrá apretado más angustiosamente a miles de infelices que no tenían un mal castillo que vender, ni cuatro libros decentes que llevar a Peñaranda. Para éstos, el hambre a palo seco. Cuando a la aristocracia le va mal es solamente que no le va bien del todo. Por tanto, hacen mal en alarmarse las derechas: no es para tanto. La escala de desdichas de este mundo no tiene fin ni cabo; y todo es relativo, como, mucho antes que Einstein, ya declaró nuestro castizo «don Hermógenes», y como el cuento universal sintetizó en el sabio que comía «altramices», o «verbas» simplemente, que dijo don Pedro Calderón, antípoda feliz de Perico Muñoz Seca.
Cogiendo de nuevo, y con fuerza, el hilo enredado de este cuento, a propósito de la aristócrata penuria, dice un pío colega: “la crisis económica, larva que va anidando en toda riqueza para destruirla, está ocasionando terribles estragos en la aristocracia inglesa.» Eso es la monarquía, podíamos argüirle al colega, siguiendo su común razonamiento; mas no se lo decimos. Lo cierto es que la aristocracia se apolilla, hecho fatal y dicción menos cursi que la transcrita. ¡Y qué se le va a hacer! Lo que no parece cierto es que, por ello, la riqueza se destruya: lo que pasa es que cambia de dueño, se airea y distribuye. Esto es lo mejor que le puede ocurrir a la riqueza. Esos castillos, patrimonio hasta hoy de una sola familia, tal vez desde hoy se abran corno bienes comunes a muchos ciudadanos. Serán hoteles, posadas, parques de recreo, casas de vecindad, balnearios, sanatorios... ¿Quién se atreve a decir que eso es destruir riqueza? Eso, en tal caso, será hacer útil la riqueza. ¿Mediante el trueno de una noble familia? Y a la Humanidad, ¡qué le importa que haya un tronado más! Lo que le importa es que haya muchos hambrientos menos. Y no sólo de pan viven los hombres. Está en el Evangelio. Viven también de museos, de cuadros, bibliotecas, praderas apacibles, paseos amables, arboledas consoladoras y castillos románticos. Si un lord tiene que hacer un museo de sus bienes privados y enseñarlo a la gente mediante un estipendio, ¿qué más pueden apetecer esos tesoros sino darles la luz y las miradas de las, gentes curiosas? Y si otro lord ha de vender su cuadra, ¿qué mayor regeneración para una yegua de lujo que acarrear verduras al mercado? Y hasta a los propios lores, ¿qué cosa les puede reconciliar con su propia conciencia mejor que la necesidad de arrimar ¡por una vez! el hombro y empujar a la vida?...
Por eso apuntábamos más arriba la duda de que las crisis económicas sean siempre funestas para todos. También pueden tener—cuando son como la que comentamos—su lado aprovechable.”
(El Socialista, número 7305, de 6 de julio de 1932).