La Internacional fascista
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“La prensa fascista se muestra indignada contra Herriot por haber aventurado la opinión de la existencia de una alianza secreta italo-húngara y otra húngaro-alemana.
Es la misma forma de indignación con la que la prensa fascista se revolvió contra los socialistas de Austria por haber denunciado el contrabando de fusiles y de artillería. La acusación es idéntica: sembrar incautamente alarmas y sospechas.
La culpa no es de quienes suministran clandestinamente fusiles, ametralladoras y municiones, sino de quien hace públicas y somete al peligro de las sanciones internacionales, políticas y morales, las operaciones que debían permanecer secretas. La culpa no es de quien trama, acudiendo a convenios particulares y a intervenciones diversas (armas y dinero), una vasta red de intrigas contra la paz, sino de quien advierte el peligro y no oculta la gravedad. Esa es la lógica fascista. La prensa fascista se atreve a elogiar «la política diáfana y rectilínea de Italia», precisamente en el momento en que los representantes diplomáticos do Inglaterra y de Francia renuevan en Viena las gestiones para conseguir la destrucción o la devolución al remitente de las armas enviadas desde Italia (cosa, digámoslo de paso, que parece ya conseguida); en los momentos en que Hitler y sus lugartenientes reafirman la comunidad de intereses y de fines—fuera del régimen político—de Italia y de Alemania contra «el mismo enemigo».
Ya hace tiempo que se viene proclamando que si, desde el punto de vista social, el fascismo es reacción liberticida y antiobrera, desde el punto de vista político es una constante amenaza de guerra. Habiendo desencadenado la guerra civil entre los italianos por haberse impuesto violentamente, el fascismo tiende fatalmente a provocar, por sus necesidades de expansión imperialista, la guerra entre los pueblos.
Aun cuando 1019 creadores del sistema fascista quisieran cambiar de rumbo, se ven fatalmente arrastrados por la fuerza mecánica del sistema a la aventura sangrienta. Las fuerzas puestas en acción por él actuarán de modo incontenible en la dirección que se les impuso. No se predica impunemente la hermosura de las armas y de la guerra, el odio o la envidia hacia el adversario.
El concepto autoritario del Estado en sentido fascista implica, con la destrucción total de la libertad, la supeditación automática de los individuos a la voluntad del que manda; el hombre privado de sus derechos es un instrumento pasivo de los intereses estatales, que son a su vez los intereses de una oligarquía o de un tirano, instrumentos a su vez de los privilegios económicos. De igual modo y por la misma razón que le niega el derecho a la libertad, el fascismo niega al ciudadano el propio derecho a la vida, en cuanto lo subordina y lo condiciona al capricho incontrastable de los detentadores del Poder público.
Esta concepción estatólatra del Estado la ha puesto el fascismo al servicio de las pasiones nacionalistas, de las ilusiones imperialistas, dio los apetitos de gloria y de riqueza. Hasta las causas justas se convierten en orígenes de males, en perenne manantial de odio. Se tiende a soluciones de fuerza allí donde pocha llegarse a soluciones de equidad. Todo régimen político tiene su lógica interior, determinada por el origen de su formación, de su espíritu, de los fines a los cuales tiende necesariamente. En el cuadro de esta lógica entra la alianza, puede decirse automática, entre fascismo y nazismo, entre Mussolini y Goemboes, entre les camisas negras y las Heimwehren.
Bajo tal aspecto, el fascismo es un fenómeno, no italiano, sino europeo.
La realidad se desenvuelve de modo tan rápido y preciso que ya se van marchitando las últimas ilusiones de los demócratas obstinadamente atrincherados en el principio de la no intervención en los asuntos interiores de Otros países. Semejante resistencia no conduciría más que al suicidio de la democracia universal.”
(El Socialista, número 7508, de 28 de febrero de 1933).