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La semana de cuarenta horas


  • Escrito por V. Vandeputte
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Seguimos profundizando con materiales sobre la jornada laboral en tiempos de crisis:

“La leve mejora económica que se manifiesta desde hace algunos meses ha servido de pretexto a los empleadores y a todos los enemigos de las explotados para oponerse más decididamente a la reducción de: tiempo de trabajo. Sin embargo, la situación no deja entrever todavía que la crisis ha alcanzado su punto culminante.

En efecto, si la crisis ha amainado un poco, no permite entregarse a pronósticos ilusorios sobre su fin próximo. Todo prueba que el mundo está aún terriblemente enfermo y nada cerca de la curación. La burguesía se equivoca al creerle a punto de entrar en convalecencia.

El paro persiste por doquiera, y en los Estados Unidos aumenta el número de desocupados.

La mejoría observada en algunos sitios, ¿no será debida más bien a una circunstancia fortuita que a la normalización de los mercados? A pesar de ello, la situación sigue siendo dudosa y se halla lejos de vislumbrarse el desenlace.

Todos los comentarios que se hacen en el mundo de los negocios no aciertan a perfilar, a principios del año 1933, cómo será la evolución de la crisis económica. No se sale de conjeturas, a pesar de los esfuerzos que se hacen para aclarar los acontecimientos y los diferentes movimientos de los mercados mundiales de las primeras materias y de los cambios.

¿Quién puede predecir el fin del marasmo? No es dudoso que la crisis pueda desaparecer en cierta proporción; pero sin las soluciones que se imponen renacería con más rapidez y con mayor gravedad.

No hay ya necesidad de demostrar quo la economía mundial padece una Crisis manifiesta de sobreproducción, facilitada por un maquinismo perfeccionadísimo y una racionalización exagerada, mal adaptada a las contingencias comerciales y sociales, lo cual es causa del congestionamiento de los mercados de todos los países.

Los empleadores, que no pueden negar la veracidad de estos hechos probados, se obstinan, sin embargo en ir contra la corriente de opinión que se afirma y generaliza en favor de la semana de cuarenta horas, y acuden a consideraciones tan distintas como insostenibles. Han expuesto la opinión de que «el paro plantea más un problema de trabajo que de reparto de trabajo». ¿Qué quiere decir esto? Sin duda, que habría que producir todavía más y exigir un rendimiento mayor aún por obrero. En otros términos, no preocuparse del desarrollo de la producción ni de la reducción del tiempo de trabajo que de ella se deriva para repartir mejor el trabajo a todos los obreros. Para justificar tales pretensiones. eminentemente absurdas, el patronaje repite sin tregua que la mejora de los negocios debe hallar un estimulante, en la disminución de los precios de costo y que la reducción del tiempo de trabajo no puede menos que aumentarlo.

Este no deja de ser un argumento especioso para disimular mejor una hostilidad. Afirmamos rotundamente que la reducción del tiempo de trabajo no tendría sino una influencia ínfima en los precios de coste; que, por otro lado, el tipo ínfimo que pudiera representar puede ser compensado con creces por la evolución de la productividad y del margen de beneficios mayores cada vez que son su resultado.

No deja de tener importancia el observar, además de las contradicciones que a veces se hallan en los argumentos de los patronos, los puntos de vista diferentes y muy discordes que se notan en sus preocupaciones acerca de la crisis.

Hace algunos días, la «New-York Evening Post» refería que Mr. Nelson Slater, jefe de la Empresa norteamericana más antigua de tejidos de algodón (fundada en 1790), había comenzado una campaña contra los bajos precios practicados, que implican reducciones de salarios. De acuerdo con este criterio, la Slater Companv se ha opuesto a proseguir da disminución de los precios de coste que impliquen reducciones de salarios. Su ejemplo no es un caso aislado en Norteamérica, y muchas casas competidoras lo han imitado allí.

La iniciativa tomada por Mr. Nelson tiene objeto luchar contra la baja desmoralizadora de los precios. Esto no impedirá a nuestros explotadores que sigan pretextando la competencia extranjera para defender su espíritu retrógrado.

Pero, además, ¿el patronaje es realmente partidario de la disminución de los precios de coste? Se trata más bien de un efugio que sirve para inducir a error a la opinión pública y a dar apariencia a una oposición indefendible.

Analizados los argumentos patronales en todos los sentidos, no se observa en ellos más que un espíritu de combate y de hostilidad centra la evidencia misma de dos hechos y de las circunstancias. Parece que el patronaje agotará todos los esfuerzos posibles para impedir la implantación de la semana de cuarenta horas.

En cuanto a las organizaciones obreras, proseguirán la lucha incesante hasta ver realizada reforma tan urgente. Esta ducha es la expresión de una voluntad firme de sostenerla tenazmente. De toda la masa trabajadora surge ya un mismo grito: ¡Adelante por la semana de cuarenta horas!

(Fuente: El Socialista, número 7472, de 17 de enero de 1933)


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