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Los médicos y la guerra


  • Escrito por Gregorio Marañón
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“Acabo de recibir el manifiesto que dirige a todos los médicos del mundo un grupo de grandes maestros universales: los profesores Biedl, de Praga; Brupbacher, de Zurich; Kantorowicz, de Bonn; Meng, de Frankfurt; Simmel, de Berlín; Zuelzer, de Berlín. Me invitan a firmarlo también. Ya está firmado; con emoción profunda, con religioso fervor, poniendo en mi nombre un afán infinito de que su peso insignificante gravite en la opinión de los demás hombres, de un solo hombre tal vez, para decidirle a la actitud intransigente y violenta que todos los ciudadanos de la tierra deben adoptar frente al fantasma de una guerra futura.

Y ahora me dirijo, a mi vez, por medio de estas líneas, a todos los médicos de España y a todos aquellos que, al otro lado del mar, hablan esta misma lengua castellana, para pedirles también su adhesión a la gran empresa pacificadora.

La sociedad actual pasa por momentos de fecunda disolución purificadora. Ha pecado mucho y tiene que regenerar su alma en el dolor. Los hombres no sabemos crear nada sin sufrir; tal vez no lo sabremos nunca. Tal vez sea éste un sino unido perdurablemente a nuestra especie. Pero hay gentes malvadas que hacen aspavientos ante el desorden, triste pero inevitable, de la lucha social, y quieren remediarlo con una nueva guerra. Se cubren el rastro porque estalla una huelga; porque caen en las calles unos cuantos hombres luchando por un ideal, muchas veces absurdo, pero, al fin, tocado con la gracia del desinterés y de la fraternidad; porque se quiebran de momento los preceptos de la disciplina social. Nosotros tampoco queremos estas cosas. Quisiéramos que la vida de las naciones en paz fuera alegre y tranquila. Pero tenemos que levantar nuestra voz, indignada, contra los que quieren, como remedio a este mal, un mal infinitamente mayor: la guerra. La guerra, que enriquece a unos cuantos, a los que no exponen sus vidas, a cambio de la miseria y de la destrucción de pueblos enteros y del dolor de innumerables hogares, privados del sostén de los hombres jóvenes y útiles.

La última experiencia guerrera ha sido demasiado vasta y está demasiado cerca para que la Humanidad la olvide. En ella cayeron los pueblos en el engaño de morir en nombre de cosas tan sagradas como la patria, la razón y el derecho, para servir, en realidad, al interés egoísta de una minoría de avaros o de ambiciosos del Poder. Durante diez años se ha derrochado en los cabarets y en los lupanares el dinero amasado con sangre de millones de seres humanos, a cuya memoria y a cuyas familias se ha pagado con poéticos honores, que hacen derramar lágrimas de emoción a los que nada sufrieron. Esto no ocurrirá más. Aun tiene que purgar, durante largos años, la sociedad humana el gran pecado cometido en nombre de la dignidad, contra la dignidad civil de nuestros semejantes; en nombre de la patria, contra lo que es más hondamente la patria, contra la vida de sus individuos más útiles; en nombre de Dios, contra el precepto primordial de todas las religiones, que es procurar el reinado de la paz sobre la tierra.

Es preciso que todos los médicos del mundo se juramenten a la huelga contra la guerra. La guerra futura, si llegase a estallar, sería de una crueldad inusitada, porque no se limitaría, como en los tiempos pasados, a las líneas de combate, sino que llegaría a la retaguardia civil, a los hogares lejanos del campo de combate, mediante los gases asfixiantes, los tóxicos colectivos y los bombardeos desde los ejércitos aéreos.

Un sacerdote que se preste a bendecir esta infamia debe ser exonerado y maldito. Un médico que se resigne a colaborar, con la ayuda indirecta de sus auxilios, a esta obra de destrucción, no puede ser nuestro hermano en la lucha contra el dolor, que a todos nos guía. Ninguna mentira, ninguna palabra aparatosa, ninguna disciplina puede obligarnos a quebrantar este deber nuestro de evitar el dolor a los hombres.

Está en nuestras manos el impedirlo antes de que ocurra la catástrofe. El dejar que ésta estalle, para luego aparecer como héroes amputando piernas o cosiendo heridas en los campos de batalla, es una indignidad que no puede engañar a los hombres de ahora.

El heroísmo nuestro debe ser opaco y civil, preventivo, de resistencia indomable contra los provocadores de la guerra.

Todos los médicos de España deben unirse a esta llamada universal de un grupo de maestros encanecidos en la tarea de la investigación y del consuelo de nuestros semejantes.

Nadie puede declarar la guerra a la guerra con la eficacia que nosotros.

Nadie tiene, por ello mismo, la responsabilidad que nosotros contraemos en estas horas solemnes de la vida del mundo.”

(Fuente: El Socialista, suplemento de 7332).


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