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Educación


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

La pandemia ha golpeado a la educación pública española, pero, realmente, lo que ha hecho ha sido sacar a la luz sus graves carencias, fruto de casi una década de intensos recortes, provocados por la anterior crisis, pero, sobre todo por un modelo educativo que ha primado el trasvase de fondos a la escuela concertada. Ha habido una descapitalización de un pilar fundamental del Estado del Bienestar, pilar porque no sólo la escuela forma a nuestros futuros ciudadanos para que emprendan sus proyectos de vida y contribuyan al buen funcionamiento de nuestras sociedades, sino porque también es un motor para aminorar la desigualdad, un aspecto que determinadas concepciones políticas no quieren tratar porque no les interesa, y es consecuente con su adelgazamiento de lo público. Educar no significa exclusivamente, y esto parece que hay que recordarlo todavía, transmitir conocimientos y procedimientos, sino también valores, esos que sustentan nuestro sistema democrático, otro aspecto polémico para esas mismas opciones tan dadas al trasvase del dinero público a la empresa privada o hacia la Iglesia. Y educar significa aportar oportunidades para progresar, para poder acceder a vidas mejores, a que los españoles de mañana mismo no estén en extremos de la fractura de la desigualdad.

El gasto en educación debe ser exclusivo o casi exclusivo para la escuela pública, y debe ser un gasto que priorice centros, zonas, alumnados con graves carencias, fortaleciendo las premisas de las políticas de redistribución de la riqueza. No se trata solamente de aumentar sustancialmente las partidas en general, sino de hacer un gasto eficaz, bien estudiado, y ofreciendo a los protagonistas del proceso educativo un protagonismo evidente en su planificación y gestión.

Pero no sólo hay que gastar más y mejor, hay que dignificar la profesión docente, hay que cambiar la forma de acceder a la misma, hay que preocuparse del personal no docente, el de administración y servicios, casi olvidado en estos asuntos, y que sin su trabajo no podrían abrirse cada día las escuelas, los colegios y los institutos públicos., esto es, los centros que han apuntalado, con todas sus carencias, nuestra sociedad en los peores tiempos de la anterior crisis, como lo han hecho los centros de salud y los hospitales públicos.

Y nuestra sociedad debe pararse un momento y pensar que nuestras prioridades tienen dos objetivos claros, la sanidad y la educación, y ambas desde lo público. Y esa sociedad debe demandar de las Administraciones y de las fuerzas políticas un ejercicio supremo de diálogo, de esfuerzo para llegar a principios básicos de consenso, obviando algunos prejuicios sobre el contrincante político, y posiciones extremadamente maximalistas. Es muy complicado, y lo es porque la educación tiene mucho que ver con los distintos modelos de sociedad que se quiere. Quizás a unos les preocupa más la excelencia, frente a otros la igualdad.

Pero, ¿realmente es tan difícil aunar estos dos principios? Hasta ahora lo ha sido.


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