De Gaza a Irán: la opinión pública israelí ante la guerra
- Escrito por Elizabeth Sheppard Sellam
- Publicado en Global
Manifestación de activistas de izquierda contra Benjamín Netanyahu, el 19 de marzo de 2026 en Tel Aviv. Jack Guez/AFP
Cerca del 80 % de los israelíes apoya las operaciones militares contra Irán. Esta cohesión, que se basa en una percepción ampliamente compartida del carácter existencial de la amenaza iraní para la supervivencia del país y que, en cierto modo, prolonga el espíritu de unidad nacional observado tras el 7 de octubre de 2023, no lo dice todo sobre la situación política. El Gobierno de Netanyahu sigue siendo impopular, la exención del servicio militar de los ultraortodoxos suscita cada vez más tensiones y, en el fondo, son cada vez más los ciudadanos que se preguntan por el desenlace de las guerras interminables en las que está envuelto su país.
El paso de la guerra en Gaza a un enfrentamiento abierto con Irán marca para Israel un giro estratégico fundamental. De una sucesión de operaciones repetidas, a veces largas pero circunscritas, en frentes identificados, el país se adentra en un conflicto regional más difuso, que implica a más actores y se extiende por un espacio más amplio. Esta evolución no solo supone una intensificación del conflicto, sino un auténtico cambio de naturaleza. Sitúa a Israel en una confrontación duradera, en la que las cuestiones de seguridad se imponen como marco estructurante del debate público y político.
En este contexto, surgen varias preguntas. ¿Cómo evoluciona políticamente una sociedad que se enfrenta a una inseguridad prolongada? ¿En qué medida la percepción de una amenaza grave genera una forma de cohesión sin borrar las divisiones internas? ¿Y cómo se manifiesta esta tensión en un contexto de guerra prolongada y de citas electorales?
Unión en torno a la bandera
A diferencia de gran parte de Europa occidental, donde las amenazas suelen percibirse como lejanas, en Israel esta experiencia es inmediata y concreta. Los ataques del 7 de octubre, los desplazamientos masivos de población hacia el sur y luego hacia el norte, los repetidos disparos y las pérdidas humanas han transformado profundamente las percepciones colectivas. Esta experiencia directa de la guerra acerca a Israel a algunos países de Europa del Este, en particular a los Estados bálticos o a Ucrania, donde las preocupaciones en materia de seguridad condicionan las decisiones políticas. También constituye una línea de fractura dentro de la propia Europa.
En este contexto, el auge de Irán como actor central del conflicto es decisivo. La imagen del pulpo ilustra esta lectura estratégica. Irán constituye la cabeza, mientras que sus prolongaciones —los hutíes de Yemen, Hezbolá libanés, las milicias chiitas de Irak…— representan sus tentáculos. La guerra de Gaza se inscribe así en una arquitectura más amplia, lo que explica el giro hacia una confrontación regional.
La cuestión central pasa a ser, pues, la tensión entre la unidad estratégica y la fragmentación política. El 7 de octubre provocó un reflejo de «unión en torno a la bandera» ante el impacto en materia de seguridad, pero este fenómeno se produjo en una sociedad ya atravesada por profundas divisiones políticas. La guerra no suspende estas divisiones. Las desplaza, las reconfigura y revela otras nuevas.
Para comprender esta tensión, hay que empezar por analizar la transformación del propio conflicto y las formas de cohesión que genera.
Una guerra que se prolonga en el tiempo
Un año después del 7 de octubre, en 2024, una amplia mayoría de los israelíes afirmaba que su sensación de seguridad personal se había deteriorado. Aunque la situación ha evolucionado desde entonces, estos datos ponen de manifiesto la profundidad del impacto inicial y sus efectos persistentes en las representaciones colectivas.
Las encuestas de opinión muestran también un fuerte efecto de cohesión desde el inicio de la guerra en Irán, el 28 de febrero de 2026. Según una encuesta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de la Universidad de Tel Aviv realizada el 19 de marzo, el 78,5 % de los israelíes apoya los ataques israelo-estadounidenses contra Irán y se declara satisfecho con los resultados militares obtenidos (esta proporción alcanza el 91,5 % entre los israelíes judíos, frente a solo el 25,5 % entre los israelíes árabes, donde la oposición a la guerra es mayoritaria, con un 65,5 %).
Este apoyo, que se basa en una percepción ampliamente compartida de la amenaza iraní, tiene, sin embargo, sus límites. El respaldo a la continuación del conflicto hasta alcanzar objetivos maximalistas está disminuyendo, mientras que aumentan las preocupaciones relacionadas con la duración, los costes y los resultados de la guerra.
Sin embargo, la cohesión de la sociedad israelí en cuanto a la actitud que se debe adoptar frente a Irán no es en absoluto evidente. Contrasta con las divisiones observadas en otros frentes.
Durante la guerra de Gaza, la sociedad israelí se vio sacudida por importantes tensiones, especialmente en torno a la cuestión de los rehenes y los objetivos del conflicto. Estos debates han dejado huellas duraderas y siguen influyendo en las percepciones del enfrentamiento con Gaza.
En el frente libanés, las encuestas de opinión muestran una percepción mucho más incierta de los resultados de la guerra, ya que una parte importante de la población duda de que las operaciones actuales conduzcan a una calma duradera.
Este contraste pone de manifiesto la existencia de una jerarquía de amenazas en la opinión pública. El nivel de consenso observado frente a Irán parece específico y no se extiende automáticamente a otros escenarios del conflicto. En otras palabras, incluso en situación de guerra, la cohesión nacional no es ni constante ni homogénea. Depende de las percepciones de la amenaza, de los objetivos perseguidos y de los costes previstos. Se presenta así como una variable del conflicto, y no como un dato dado.
Por último, la capacidad de la sociedad para soportar un conflicto prolongado parece incierta. Una parte significativa de la población expresa dudas sobre la posibilidad de mantener un esfuerzo bélico a largo plazo, lo que pone de relieve las limitaciones internas de una guerra prolongada.
Una unidad estratégica sin unidad política
A pesar de existir un consenso relativamente amplio sobre la necesidad de hacer frente a Irán, este no se traduce en un apoyo equivalente al Gobierno. Varias figuras de la oposición han expresado su respaldo a la acción militar, al tiempo que mantienen duras críticas hacia el Ejecutivo.
Las encuestas confirman esta disociación. Una mayoría relativa de la población expresa una escasa confianza en el Gobierno, en un contexto de fuerte polarización política y social. Estas divisiones no se limitan a la valoración del conflicto. También se refieren a las decisiones políticas futuras. La cuestión del futuro de Gaza constituye un punto de división importante, entre diferentes visiones de gobernanza, seguridad y relaciones regionales.
Entre los temas más delicados figura el del reclutamiento de los ultraortodoxos. En un país en guerra, la participación en el esfuerzo de defensa se convierte en una cuestión central de legitimidad y cohesión nacional. La exención de determinados grupos es cada vez más cuestionada y cristaliza importantes tensiones políticas.
A medida que se acercan las citas electorales —las próximas elecciones legislativas israelíes deben celebrarse, en principio, a más tardar en octubre de 2026 (fin de la legislatura actual, salvo disolución anticipada)—, estas tensiones están llamadas a intensificarse. El apoyo a la acción militar no neutraliza las rivalidades políticas. Las reconfigura y les da nuevos objetivos.
Una sociedad profundamente dividida
La evolución actual pone de relieve una configuración política singular. Israel, muchas de cuyas ciudades están siendo bombardeadas, se enfrenta a una amenaza directa, lo que genera un alto nivel de cohesión estratégica, en particular frente a Irán, sin por ello borrar las divisiones internas.
En un contexto de guerra prolongada y de elecciones legislativas que se acercan rápidamente, el mantenimiento de una competencia política real y de un debate público activo da testimonio de la solidez del funcionamiento democrático israelí. La guerra no suspende la vida política. Redefine sus prioridades e intensifica sus retos.
De cara a las elecciones, esta tensión entre el imperativo de seguridad y la fragmentación política constituye una de las principales incertidumbres. Revela una dinámica duradera en la que la unidad estratégica y la división política coexisten sin neutralizarse mutuamente.
En otras palabras, la guerra permanente no borra las fracturas. Las inscribe en el largo plazo de la vida política israelí sin resolverlas.
Artículo publicado en The Conversation.
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