“Ninguna condición es más exigible de los masones, que la virtud de la tolerancia.”
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“Ninguna condición es más exigible de los masones, que la virtud de la tolerancia. No, ciertamente—hay que subrayarlo en aras de la verdad—, ha sido siempre asi. La antigua masonería operativa, la de los gremios y guildas de constructores, sintió el influjo del espíritu intolerante de su época. El masón había de ser fiel a Dios y a la Santa Iglesia; no podía incurrir en error ni en herejía. Pero al fundarse la moderna masonería especulativa, que no es ya una corporación de clase, sino una asociación de carácter filosófico, lo hace bajo el signo de la tolerancia. "Si bien en los tiempos antiguos—dicen las Constituciones de Anderson—los masones estaban en cada país sometidos a la obligación de practicar la religión de dicho país, cualquiera que fuese, se estimó en adelante más conveniente no imponerles otra religión que aquella sobre la que todos los hombres están de acuerdo y dejarles toda libertad en cuanto a sus opiniones particulares; importa, pues, que sean buenos, leales, gentes de honor y de probidad, cualquiera que sean las confesiones y creencias que les distingan." Y añaden, a renglón seguido, estas hermosas palabras, inolvidables: "De esta suerte, la Masonería conviértese en Centro de Unión, y en medio de establecer una amistad sincera entre personas que, de otro modo, permanecerían para siempre extrañas las unas a las otras."
Demófilo de Buen