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Marroquíes: entre la tiranía de un sátrapa y la dictadura del capital


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los 140 ahogados y los más de 80.000 africanos, la mayoría marroquíes jóvenes –y también menores– que entraron en Ceuta desde Marruecos a finales de julio, han supuesto una gran tragedia.

Los que llegaron no son invasores, pero tampoco son inmigrantes; son personas que seguramente fueron inducidas y/o manipuladas por el sátrapa que gobierna Marruecos. Sea como fuere, en su mayoría son gente con carencias y necesidades que merecen el máximo respeto y ayuda. Pero no más que los millones de seres humanos que viven pobres y mueren de hambre y penurias en el resto del mundo. Porque toda persona humana, sea marroquí, africana o asiática, tiene derecho a vivir con dignidad, igual que los ciudadanos de Ceuta, que, de un día para otro, han visto ocupados sus espacios para la convivencia local y el ocio, que ahora no pueden disfrutar con tranquilidad.

Ciertamente todos los seres humanos tienen derecho a moverse por el mundo, pero los gobernantes de cada país también tienen la obligación de garantizar o facilitar que quienes lo habitan, sean naturales o inmigrantes, vivan en condiciones dignas y no subsistan en la pobreza o en guetos abarrotados o marginales.

Por otro lado, hay que recordar que una afluencia masiva o no regulada de inmigrantes, aún conscientes de que buscan mejores perspectivas de futuro que en sus países de origen, también puede contribuir a desestabilizar el país de acogida, como ha ocurrido en el caso de la entrada masiva en Ceuta. Y pueden agravar aún más las ya precarias condiciones de las clases trabajadoras en el país al que entran.

Porque, no nos engañemos, durante años los países occidentales han ido empeorado las condiciones de vida en todos los aspectos. Lo que antes se llamaba la sociedad del bienestar está esfumándose. Y en esto, la «izquierda progresista» también tiene gran parte la culpa por haber aceptado el sistema capitalista dominante; un sistema que, desde que se disipó el muro de contención que había, se ha visto envalentonado tanto, y ha adquirido un lenguaje tan «progresista» que ha deslumbrado a una «izquierda arcoíris» que también se ha doblegado a sus postulados de defender el mercado como la única fuente a la que todo y todos deben someterse. Esto ha generado una dictadura de dos cabezas en la que se distribuyen los roles: la derecha del dinero, administrando la economía, y la izquierda «progresista» administrando nuevas costumbres que destruyen los valores populares tradicionales volcándose en la defensa de segmentos identitarios de minorías interclasistas que no benefician en nada al conjunto de la clase trabajadora.

Y es en este contexto que la derecha y la izquierda neoliberales intentan justificar o incluso fomentar inmigraciones desreguladas que terminan creando no solo guetos de personas desarraigadas, sino que también logran inflar un ejército de reserva de trabajadores explotados como nuevos esclavos, que, además, corroen los derechos sociales residuales que aún persisten, así como lo que queda de la fuerza organizativa de los trabajadores, contribuyendo de esta manera a reducir los costos laborales y promoviendo una lucha de clases horizontal y de odio, mientras los que están arriba se frotan las manos viendo cómo los trabajadores se desintegran, perdiendo la conciencia de clase social explotada.

Todo esto pasa sin que nos demos cuenta –o sin querer verlo– en el contexto de esta nueva dictadura del capitalismo salvaje de flexibilidad universal, que, a nivel planetario, no hace más que arrancar familias de sus pueblos y tierras de origen, creando el homo globalis individualista y sin raíces, que interesa a los poderosos de la tierra para controlarnos mejor a todos.

Es una lástima que la mayoría de la llamada izquierda se haya vuelto tan descafeinada, pasando de la defensa de los trabajadores y de los derechos sociales contra la dictadura del capital como objetivo principal, a la defensa de unas minorías y de un mercado como el único dogma de fe al que todos debemos doblegarnos.

Una nueva y glamourosa izquierda made in USA que ha pasado de defender una revolución del comunitarismo socialista participativo, a defender la revolución de las costumbres, aliándose con el neoliberalismo progresista y globalista de las clases ricas, caprichosas de deseos individualistas y consumistas, con quienes coincide en eliminar no solo la regulación de las fronteras, sino también las tradiciones y formas comunitarias de identidades sólidas.

Y es a este mundo en decadencia material y moral, de dictadura turbocapitalista, donde se dirigen los migrantes africanos sin prestar mucha atención de que están saliendo del fuego para caer en las brasas.

Josep Miralles Climent. Licenciado en Geografia e Historia por la UNED. Doctor en Historia (UJI). Autor de numerosos artículos y libros de historia del carlismo, entre los que podríamos destacar:

Los heterodoxos de la Causa, Huerga y Fierro editores, Madrid 2001, 160 pp.

El carlismo frente al Estado español: rebelión, cultura y lucha política, BPC, Madrid 2004.

Estudiantes y obreros carlistas durante la dictadura franquista. La A.E.T., el M.O.T. y la F.O.S., Ediciones Arcos, Madrid 2007.

Carlismo y represión franquista. Tres estudios sobre la guerra civil y la posguerra, Arcos, Madrid 2009.

El carlismo militante (1965-1980). Del tradicionalisme al socialismo autogestionario. Tesis doctoral, UJI, 2015.

Montejurra 1976-2016. 40 años después. Ediciones Arcos, Madrid, 2016.

La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada. Enfrentamientos, marginación y persecución durante la primera mitad del régimen franquista (1936-1975), Schedas, Madrid, 2018.

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